LOS PREJUICIOS LINGÜISTICOS




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Autor: Jesús Tusón
Editorial: Octaedro
Año: 1996
España
Idiomas: Español y catalán
Nº de páginas: 125
ISBN: 978-84-9921-146-6

Por Alessandro Lorenzotti

Introducción

Consecuentemente a la globalización y al nacimiento de nuevas realidades económicas han adquirido importancia nuevos problemas lingüísticos. En este libro se trata de cómo eran y cómo son las relaciones entre las lenguas, sus hablantes y como los que trabajan con ellas tienen que portarse en este nuevo panorama lingüístico.

Comentario

Los humanos opinan y aconsejan sobre todo lo que pasa en el entorno y cualquier opinión es irrepetible porque implica creencias y suposiciones inexplicables. Un asunto simple como «Pedro canta» implica la existencia de un Pedro, su capacidad de cantar y que lo haga ahora; si una de estas presuposiciones no se hubiera realizado no podríamos decir «Pedro canta». Sin embargo no ha planteado algún problema porque se ha ajustado a un conjunto de requisitos dados por cumplidos. Además detrás de esta frase se hallan otras complicaciones científicas. Por ejemplo, dividiendo este acontecimiento en cuatro etapas se nota que en la primera cabe todo lo que ha sucedido en el mundo externo (Pedro ha cantado), en la segunda todo lo que ha pasado en nuestro cuerpo, en la tercera lo que se ha producido en el cerebro, y en la cuarta lo que ha ocurrido en el cuerpo después de la acción del cerebro. Este ejemplo es muy sencillo, si hubiéramos usado la frase «La inseguridad ciudadana es la más grave enfermedad de nuestros días» habríamos tenido que tener en cuenta no solo experiencias directas, sino indirectas como creencias y estereotipos. Estos ejemplos sirven para explicar la complejidad del acto de habla y que todas las acciones verbales tienen su entorno y su pragmática. Para traducir cada frase es fundamental conocer minuciosamente el contexto, en caso contrario el traductor caerá en fallos o peor en malentendidos culturales.

Juicios de hecho y juicios de valor

Los juicios de hecho son los que se pueden someter a prueba pública, por ejemplo un juicio como«ayer llovió» es muy fácil de comprobar y una vez que se haya comprobado, resultará cierto. Entre los juicios de hecho hay unos más complejos: los juicios científicos. Estos necesitan una explicación y una demostración experimental que todos los científicos consideren válida. En definitiva los juicios de hecho no dan pie al prejuicio y no generan creencias ni opiniones. Todo es distinto cuando se habla de juicios de valor porque nunca tendremos la seguridad de sentenciar certeramente, ya que los gustos son personales y volubles. Estos juicios son proyecciones de quien los formula y pueden ser negativos o positivos según la fórmula usada para expresarlos (me gusta/no me gusta). Los problemas surgen cuando estos juicios son sobre personas o pueblos (conjunto de personas) y sobre todo cuando son definitivos porque se transforman en la base de la discriminación y del insulto. Si el traductor se deja engañar o desviar por estos juicios nunca podrá trabajar de manera objetiva ni satisfactoria porque no será capaz de conferir la correcta relevancia a los textos que juzgue (con un juicio de valor) negativamente; y trabajará sobre estos, a lo mejor inconscientemente, sin la correcta atención y profesionalidad.

Las supersticiones lingüísticas

El traductor tiene que ser más que nada un lingüista, pero no de los que se encierran en su despacho y viven en una campana de cristal, sino que tiene que afrontar los errores de los hablantes porque la lengua es vida abstracta y concreta. Gabriel Ferrater sobre este asunto afirmaba que «Todo el mundo tiene ideas sobre el lenguaje y las lenguas, y como la mayoría de estas son absurdas, el lingüista no tiene otro remedio que combatirlas». Existen muchos tipos de supersticiones lingüísticas, por ejemplo muchos piensan que una lengua tiene más importancia si el número de sus hablantes es mayor o si los sonidos de sus fonemas son más dulces o claros, otros se basan en el diferente grado de complejidad. Todas estas opiniones se producen desde la parcialidad de la propia lengua y por eso porque la lengua es vida abstracta y concreta. Gabriel Ferrater sobre este asunto afirmaba que «Todo el mundo tiene ideas sobre el lenguaje y las lenguas, y como la mayoría de estas son absurdas, el lingüista no tiene otro remedio que combatirlas». Existen muchos tipos de supersticiones lingüísticas, por ejemplo muchos piensan que una lengua tiene más importancia si el número de sus hablantes es mayor o si los sonidos de sus fonemas son más dulces o claros, otros se basan en el diferente grado de complejidad. Todas estas opiniones se producen desde la parcialidad de la propia lengua y por eso son juicios de valores. El peligro de dichos juicios es la el partidismo de la propia lengua o de otras lenguas consideradas internacionales y el consiguiente menosprecio de las otras.

Definición de prejuicio lingüístico

Un prejuicio es un acto de precipitación, que se basa en indicios insuficientes o imaginados, también se define como un acto de simpatía o de aversión causado por la falta de conocimiento. Sobre esta definición podemos hablar del prejuicio lingüístico como una desviación de la racionalidad que toma la forma de un juicio de valor, o bien sobre una lengua o bien sobre los hablantes de una lengua. A menudo juzgamos mal una lengua por dos razones: por la convicción de que esa lengua no sea hablada por muchas personas o porque la lengua del hablante es una variedad distinta de la del oyente.


Breve historia de los prejuicios lingüísticos

Los antiguos griegos y en particular Sócrates pensaban que los nombres de las cosas eran los nombres que el Supremo Legislador les había dado y por eso condenaban a los poetas porque los manipulaban. Entonces ya los griegos eran culpables de juzgar el lenguaje según criterios incorrectos. Los primeros gramáticos, los alejandrinos, depuraron los textos griegos, haciéndolos más sencillos, para que resultasen comprensibles a todos. De esta manera, por juicios de valor, se perdió una parte del panorama lingüístico griego. En el Renacimiento con el descubrimiento de las antiguas gramáticas latinas se empezó a considerar digna solo aquella lengua descripta por una gramática. Este pensamiento fue un gran empuje hacia la compilación de muchas gramáticas de las lenguas vulgares, en las cuales se omitían los barbarismos por la influencia del pensamiento latino. Este prejuicio contra los barbarismos (también los asimilados desde siglos) es solo un ejemplo de como las mejores autorictates literarias llenaban sus obras de juicios de valor. El mejor ejemplo es el De vulgari eloquentia de Dante, donde el maestro italiano define las lenguas vulgares itálicas con adjetivos como «crueles », «lenguas de monos» y «repletas de estupidez». Durante la Ilustración no se abandonó esta costumbre, de hecho la Encyclopédie de Diderot bajo el artículo «langue», sigue dividiendo las lenguas en «transpositivas» o sea más aptas para la oratoria, el teatro, la mentira y «analógicas» o sea perfectas para instruir, iluminar y convencer. Y siempre en Francia Bauzée quiso seguir los pasos de Diderot añadiendo que «si alguna vez el latín deja de ser el idioma de los sabios, la lengua francesa habrá de tener los honores de la preferencia». Y el juicio de los hommes de génie empeoraba aún más sobre las lenguas de pueblos «extraños» que según ellos se basaban en ideas serviles y abyectas. En el periodo del Romanticismo también el genio de Rousseau cayó en los estereotipos, dividiendo las lenguas en dos secciones: las del norte y las del sur. Las primeras ásperas, claras y aptas para la escritura, las segundas vivaces, oscuras y aptas para el habla. Von Humboldt por otra parte dividió las lenguas según un criterio de complejidad gramatical, y siguiendo este criterio pensaba que las lenguas menos complejas necesitaban un mayor esfuerzo por los hablantes para establecer las relaciones entre las ideas. Hoy en día la única separación aceptable es la que divide las lenguas en «fuertes» y «débiles» según la perspectiva de supervivencia; las lenguas fuertes serán capaces de enfrentarse a otras y de subyugarle, como en el caso de los imperialismos lingüísticos del inglés, del español y del francés. Los instrumentos de estos imperialismos fueron las apologías de esas lenguas que dieron vida a debates para la supremacía lingüística. Los mismos instrumentos fueron fundamentales en la supervivencia de los idiomas «débiles» por medio de tres tipos de apologías. La primera «esquizofrénica» que consiste en reaccionar a un empuje de una lengua fuerte, exaltando aquella débil en la poesía y en las artes. Otra manera de defender una lengua en desaparición es intentar elevarla a las cumbres altísimas de la perfección absoluta; mientras que la tercera, dicha del equilibrio, intenta poner la lengua débil al mismo nivel de las fuertes. Como se ve estas «peleas» culturales nacieron de la ignorancia y de los prejuicios de los tiempos antiguos y desafortunadamente siguen sobreviviendo no obstante el nivel de cultura de nuestra sociedad. Conocer esa historia permitirá a los que trabajan con las lenguas no cometer errores de evaluación que serían muy graves a la hora de traducir, luchar contra la proliferación de estos, restituyéndoles su dignidad y evitar que la historia se repita, generando otros prejuicios lingüísticos capaces de hacer daño a las relaciones entre las lenguas.

Los tipos de prejuicios


Primer peldaño: los prejuicios inocentes


Los prejuicios inocentes, que revelan una incultura no deseada, hijos de la educación convencional esclava del etnocentrismo son de tres tipos. El primer es la dicotomía entre «fácil y difícil», que analizada por medio de una pregunta muy sencilla como: ¿fácil para quién? pierde todo su sentido, porque cada lengua es fácil para sus hablantes nativos y más o menos compleja de aprender para los otros hablantes, según el grado de cercanía de las lenguas. Una prueba de esto es el hecho de que todavía no se haya logrado demostrar que los niños chinos (lengua considerada muy difícil) aprendan más tarde a hablar que los otros niños. El segundo tipo de prejuicio inocente es la dicotomía entre lenguas «suaves y ásperas» basada en una versión peculiar del etnocentrismo: el fonocentrismo, que convierte los patrones familiares de pronuncia en punto absoluto de referencia. ¿Y si una lengua es demasiado suave? Entonces los hablantes de las lenguas más ásperas la juzgarán como femenina, definiendo la propia viril. Sin embargo los fonos de una lengua son el producto de las cuerdas vocales, que cada persona tiene distintas, y por eso los sonidos serán más graves o agudos según el emisor, no según su lengua. La tercera dicotomía popular afirma que la importancia de una lengua se puede medir según el número de sus hablantes. Por esta razón muchas instituciones se han dedicado a contar el número de las lenguas y sus hablantes. De este trabajo resulta que en el mundo viven entre cuatro mil y seis mil lenguas. De estas muchas superan los veinte millones de hablantes, y por otro lado aún más no llegan a diez mil. Analizando estos datos los amantes del monolingüismo (asignar una lengua a cada estado) prefieren omitir las lenguas con pocos hablantes, favoreciendo el imperialismo lingüístico de las lenguas «gigantes», o sea la incorporación de las lenguas menos habladas por parte de lenguas como el inglés, el ruso, el chino y el español. De todas maneras el imperialismo lingüístico a menudo no es hijo de la ignorancia, sino de la voluntad de comunicar con otros países. Un ejemplo es la frase de Salvador «hay una tendencia, a considerar como un drama la desaparición de las lenguas minoritarias. Y yo he de decir que esa desaparición no la considero un drama, sino todo lo contrario [..]. Sin la paulatina y constante desaparición de lenguas minoritarias, la atomización lingüística sería de tal envergadura que esta misma reunión que estamos celebrando resultaría imposible [..] y yo no podría ejercitar mi facundia fuera de mi pueblo natal». Esta es la cuestión de fondo: el egocentrismo y el etnocentrismo. En lo que se refiere al mundo de las estadísticas está claro que un chino podrá comunicar con más personas que un italiano, pero en el mundo real los hablantes normales (no los diplomáticos, catedráticos y altos ejecutivos) a lo largo de su vida no necesitarán comunicar con más de mil personas que probablemente compartirán sus costumbres y su lengua. Y para dejar las cosas clara hay que añadir que una lengua es el patrimonio de sus hablantes y parte de su identidad, por eso las estadísticas no deben influenciarnos. Por lo tanto es inadmisible que en un traductor queden prejuicios de esto tipo, porque a lo largo de su curso laboral se enfrentará a lenguas y clientes de cualquier parte del mundo y en esta situaciones tendrá que ofrecer toda su capacidad de adaptación, sobre todo con los idiomas menos frecuentes.


Segundo peldaño: los prejuicios culturales


La gente de cultura no suele juzgar las lenguas según los criterios populares, sino según las estadísticas y la ciencia. Pero a menudo para justificar sus opiniones se apoyan en datos inexactos. Y aunque Sapir decía que el contenido de un lenguaje estaba relacionado con la cultura (una sociedad que no conozca a la teosofía no necesita palabras que la describan), los trabajadores de la lengua nunca tendrán que cometer el error de identificar a una lengua con su diccionario. A lo largo de la historia muchos expertos, estudiando las lenguas consideradas primitivas, han afirmado que éstas carecían de léxico abstracto y científico; por ejemplo Heinz Schulte-Herbrüggen declara que los pueblos de Ghana, Togo y los esquimales viven ligados a las cosas inmediatas, ignorando los términos genéricos y la abstracción. Lo que oculta o que no sabe el autor es que las lenguas a las que acaba de denigrar poseen muchas posibilidades de prefijación y que una de estas (la u) expresa la abstracción. También se acusó a las mismas lenguas de tener pobreza léxica, sobre todo científica, no teniendo en cuenta que cuando estas lenguas se enfrentaron a las europeas no tenían necesidad de hablar de muchos temas centrales en nuestra cultura. Pero al revés los expertos de las lenguas africanas se enteraron de que en las lenguas europeas faltaban muchas palabras útiles para hablar de asuntos africanos. ¿Qué se puede aprender de este acontecimiento? Se aprende que cada lengua posee las palabras que ha de poseer, y además en el momento en que necesitará nuevo léxico será capaz de crearlo, o bien adoptando los términos extranjeros, o bien con la composición. ¿Se puede escribir en suajili la Divina Comedia? ¿Cómo habría podido Dante escribirla sin ampliar las posibilidades del toscano y sin usar todos sus registros? ¿No estamos asistiendo a desarrollos continuos de las lenguas para hacer frente a las novedades científicas? ¿Alguien se atrevería a decir que hoy Dante podría escribir su Comedia? Estas preguntas encabezan una reflexión muy importante sobre la pobreza literaria de algunos idiomas y de algunos registros de la lengua en general. El problema, como siempre, se halla en el nivel más superficial de la lengua: el léxico. Ahora desarrollando este problema llegamos a otro prejuicio: el que expresa diferencias entre las lenguas por la existencia de una literatura prestigiosa. El fenómeno literario se explica como una confluencia de factores distintos, entre los cuales no se puede olvidar la promoción realizada por el Estado o los galardones internacionales, que casi siempre recaen sobre lenguas o registros conocidos y usuales, favoreciendo el hecho de que algunas lenguas serán reconocidas como «prestigiosas». Tampoco se puede olvidar que aunque para muchos expertos algunos registros de la lengua sean de despreciar, esos registros están gobernados por reglas tan lógicas como las de los registros estándar. Además toda la obra literaria de todas las lenguas ha usado los registros vulgares, un ejemplo es el Infierno de Dante donde los convictos hablan con registros muy bajos. En definitiva es fundamental no interpretar estos párrafos como una defensa a la laxitud y a la dejadez lingüística, sino como una defensa de todos los registros y de todas las literaturas.


Las últimas consideraciones del segundo peldaño son sobre los dialectos. Un dialecto es una variedad de una lengua, al lado de otras variedades, que no tienen preeminencia. Esta formulación plantea problemas graves: ¿Qué nos autoriza a afirmar que dos hablas pertenecen a la misma lengua?, ¿Cómo, se establece cual es la lengua y cuáles son los dialectos? Podemos contestar a la primera pregunta aproximativamente diciendo que dos hablas pertenecen a una misma lengua si los hablantes de ellas se comprenden recíprocamente, si las hablas tienen una estructura homogénea y si son adoptadas por la misma comunidad. Contestar a la segunda pregunta de manera objetiva es casi imposible, no se puede establecer cual variedad de una lengua pueda considerarse mejor y digna de dominar las otras. Solo se puede encontrar un «dialecto prestigioso», usando criterios extralingüísticos y después convirtiéndolo en lengua estándar. Pero es un riesgo porque haciendo así se perdería la mayoría de los idiomas del mundo. Una vez más los lingüistas, profesores y traductores tienen que ser instruidos para usar las palabras correctas: un dialecto no es una desgracia y aunque sea imposible conocer todo los dialectos de una lengua, todos esos merecen respeto porque una lengua no puede ser otra cosa que la coincidencia esencial de todas sus variedades. Aunque la mayoría de los cargos de un traductor serán en lengua estándar, a la hora de trabajar sobre un texto que no esté escrito en esa variedad o con un cliente que no la hable, resultará mejor el traductor que conozca al menos las diferencias que hay entre las distintas variedades de una lengua.

Tercer peldaño: los prejuicios geopolíticos


A lo largo de la historia muchos países intentaron identificar al Estado con la lengua y por consiguiente exaltar su propio idioma para fortalecer el poder sobre la gente. Para hacer eso solían comparar su lengua con las otras en complejidad, suavidad y capacidad de producir literatura. Hoy en día ya no es posible engañar a la gente de esta manera, por eso han cambiado de estrategia. Ahora una lengua se destaca entre las otras porque es «internacional, de comunicación, de progreso»; y este trabajo ha llegado tan lejano que casi parece un crimen defender a una lengua «minoritaria». El resultado que se produjo de estas manipulaciones es un panorama lingüístico muy complejo que se puede describir con cuatro categorías. En la primera caben todas las lenguas que no tienen el soporte de un Estado como el quechua, en la segunda aquellas lenguas que se hablan solo en su propio Estado como el sueco, en la tercera se hallan las lenguas habladas en más de un Estado, por ejemplo el portugués y en la última las lenguas internacionales como el inglés. Una pueblo tiene el derecho irrebatible de gritar «¡Dejadme hablar mi lengua!», pero en cambio si afirma «Hablad la lengua que os propongo» está intentando asimilar a otros pueblos. Algunas veces esto pasa a los Estados del tercer mundo, donde las potencias mundiales hacen un «lavado de cerebro» con mecanismos de persuasión sutiles para que su idioma se convierta en lengua de comunicación e internacional. Todos los idiomas son de comunicación y esta tentativa de imponer el propio sobre los otros significa que un pueblo no está dispuesto a comunicarse en otra lengua, o bien a no reconocerla digna de ser hablada. Hoy en día es imposible negar que hay más hablantes de inglés que de italiano, pero es aún más importante notar que algunos Estados se hacen promotores de las lenguas de comunicación. Hay que decir también que no hay lengua que merezca el adjetivo de internacional. Un idioma llega a considerarse de esa manera solo gracias al poder económico de su país, y su voluntad de subyugar a las demás se nota por el hecho de que adquiera palabras típicas de la producción del país que ha conquistado (banana, tomate), dejando a la cultura conquistada palabras que pertenecen a su sistema social ajeno (juez, ley). Los milicianos de las lenguas son los ideólogos, ellos la defienden y contribuyen a su expansión. Por esta razón el poder siempre ha intentado e intentará a acudirlos para que justifiquen sus acciones. En el caso de la substitución lingüística la justificación es, como escribía Alvar hablando de las lenguas indígenas, «salvar al salvaje, rompiendo las estructuras que mantienen marginadas a ciertas comunidades». Este viaje hacia el proceso implica el abandono de la lengua y de la cultura propias, y en definitiva el empobrecimiento del panorama lingüístico global. Desafortunadamente los traductores tienen un papel fundamental en estos juegos de poder porque son los que ponen en contacto las lenguas, y muchas veces prefieren apoyar a las lenguas fuertes. Un objetivo de este libro es despertar sus conciencias lingüísticas para convencerlos a defender y respetar todos los idiomas a los que se enfrenten en su trabajo, y por ejemplo a no substituir a los idiomas del tercer mundo con idiomas internacionales como el francés o el inglés.


Epílogo
La historia de los contactos entre los pueblos podría ser entendida como una historia de presiones y opresiones, en la que las lenguas eran los símbolos de superioridad de un pueblo. Esta historia sigue desarrollándose, por eso las lenguas y las variedades geográficas y sociales siguen en peligro. Es evidente que la vida y la muerte de los idiomas corre en paralelo con la historia de los dominadores y de los dominados. Y como se aprende del último capítulo, para lograr que una lengua desaparezca, no hace falta matar a todos sus hablantes; basta con la persuasión y la extensión de los prejuicios. Para acabar con este círculo vicioso hay que ejercitar el espíritu crítico y sobre todo educar. Educar a las nuevas generaciones no a la tolerancia, que presupone la superioridad de una de las partes, sino al igualitarismo. Por esto es fundamental que en las universidades y escuelas de idiomas, traducción y todas aquellas relacionadas con las lenguas haya cursos donde se enseñe la complejidad lingüística, todas su implicaciones en el trabajo y el respeto que cada expresión de la cultura de un pueblo merece; también es importante que la próxima generación de traductores y expertos de lenguas sepa trabajar en la manera correcta con cualquier idioma (esto no significa saberlo hablarlo), sea que tenga millones de hablantes sea que tenga solo poca decenas.

Conclusión

La obra es un alegato a favor de la diversidad de las lenguas y pretende convertirse en una obra educativa para los que trabajen con estas. Una de las lecciones más claras es la del comportamiento que un traductor debe tener cuando se enfrenta a lenguas y a situaciones lingüísticas ordinarias y extraordinarias. Se observa tras la lectura que los grandes filósofos y eruditos de la lengua se han equivocado a veces a la hora de juzgar la lengua, mostrando que siempre hay que estar abiertos a nuevas teorías, pero guiados por nuestro espíritu crítico.