Traducciones y traductores en la Península Ibérica (1400-1550)
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Barcelona
Editorial Bellatierra
1985
62 pp

Autor: Chang Sheng Ding

Introducción



El texto se centra principalmente en la traducción y los traductores del siglo XVI en la Península Ibérica. Tras analizar los problemas, las soluciones y las obras de traducción de esta época, los pone en contraste con los siglos previos y el siglo XVI. Trata sobre todo de la importancia que van a ganar las lenguas vernáculas y su progreso en la traducción en respecto al latín, idioma dominante del que se traducían los textos.

Entre los temas que aborda el autor podemos encontrar una gran cantidad de conceptos que se han explicado en la clase de Teoría y Práctica de la Traducción, por lo que este libro nos servirá de material de apoyo para dicha asignatura.

Según el autor, Pietro Lauro consideró que en el siglo XVI en Italia existían todavía grupos menores de personas que condenaban a la traducción. Sin embargo, se pensaba que la traducción del latín en aquella época era algo totalmente posible. Los traductores hispanos se fueron despojando de la tradicional actitud apologética hacia sus propias traducciones y pensaban que la traducción era un instrumento que hace accesibles las grandes obras clásicas a los profanos. Muchos traductores explicaban mediante un prólogo o una dedicatoria en sus traducciones la dificultad e imposibilidad de traducir adecuadamente, pero a pesar de ello, se sucedían traducciones incesantemente tanto en Castilla, en Aragón, como en las otras partes de la Península.

Tanto en esa época renacentista como en el momento actual, la traducción siempre ha sido criticada, bien por la incuria e incompetencia de los traductores o bien por el hecho de que toda traducción está predestinada a quedar por debajo del original, como dijo Cervantes. Sin embargo los traductores de la Península ibérica tuvieron más suerte, ya que si un príncipe o un rey consagraba una traducción, esta ya no podía ser criticada. Para más defensa de la traducción, destacó Laurent de Premierfait y sus palabras: “El afirmar que una traducción humilla y disminuye del original resulta un juicio insostenible. Si resulta posible amén de aceptable el traducir la Biblia del latín al francés, ¿cómo podría negarse el derecho a traducir a Cicerón?” Pero aquí existe un tópico, y es que todos los traductores decían en sus prólogos que no estaban a la altura de la exigencia del oficio, mostrando una actitud humilde y de recelo, con la que encubren la conciencia de benefactores públicos. A veces afirmaban que no habían traducido bien, pero se defendían diciendo que era mejor poder acceder a una obra clásica, aunque sea mediante una deficiente traducción, que no tener ningún acceso a ella. A parte de este hecho, también encontramos en la Península traducciones del catalán o el valenciano al castellano cuando algunos lo consideraban innecesario, ya que se pensaba que eran comprensibles para el lector castellano. Pero a parte de un posible nacionalismo, los dialectos de la Península presentaban dificultades de comprensión para los castellanos, y para eso estaban las traducciones, para solucionar estos problemas.

Parte I




Los traductores del Cuatrocientos, es decir, los del siglo XV y XVI, solían incluir prólogos y dedicatorias en sus traducciones. No se detenían demasiado en ellos ya que la mayoría de las cuestiones eran estereotipadas, pero analizando algunos de ellos, podemos darnos cuenta de los problemas de traducción de aquél momento, relacionados sobre todo al traducir del latín a las lenguas vernáculas.

Uno de los principales problemas era el traslado del significado completo de algunas palabras del latín al castellano. Jaume Conesa, protonotario del Pedro IV de Aragón, quien tradujo al catalán en 1367 por el encargo del rey la Historia destructionis Troiae en latín, se encontró con la palabra Subtilitat y no hallaba un término exacto para su traducción. Por ello, fingió aceptar el encargo no de muy buen grado y dijo que cualquier lector capaz de comprar su versión con el original diría que el suyo es trozo de plomo al lado de una obra labrada en oro fino. Más tarde Pedro Chinchilla haría su versión de esta misma obra latina en castellano en 1443, haciendo una versión más precisa. Para no condenar a las traducciones anteriormente hechas, dijo que en aquellos momentos el castellano era todavía insuficiente para expresar ciertos términos del latín.

Sin embargo, la evolución de la lengua vernácula no era suficiente para poder traducir bien. Otros rasgos como la seducción de las cadencias del latín que solo eran apreciables para lectores hábiles, van más allá de las sutilezas lingüísticas y estilísticas. En la Península, los traductores sugerían a los lectores que el problema más grande que se encontraban al traducir del latín era la lexicografía. López de Ayala se acercó a la cuestión del verdadero fin de la traducción a base de consideraciones lingüísticas mediante “la virtud de los vocablos y la significación de ellos según la realidad”, estableciendo así la relación entre el nombre de la palabra y la cosa significada.

A parte de estos problemas de índole lingüística, los traductores de la Península tenían otros de tipo social. En Italia, los traductores gozaban con frecuencia de una independencia social y económica, por la cual traducían por iniciativa propia sin tener que rendir cuentas de su trabajo a ningún mecenas, y por ello, podían presentar sus obras sin hacer prólogos ni dedicatorias. Sin embargo los traductores peninsulares traducían por encargo de parte de un príncipe o magnate y eso podía plantear dilemas a la hora de elaborar dedicatorias.

Cuando los traductores medievales hablaban rutinariamente de los problemas que planteaba la traducción del latín, tendían a utilizar ideas y frases parecidas a las que utilizaron otros traductores en ocasiones parecidas, y de esta forma aparecieron los topoi. Los topoi se remontaban a los límites de la Edad Media hasta la Antigüedad clásica. En el humanismo italiano se planteó de forma distinta este problema, pero hasta entonces los traductores seguían intentado discutir la traducción del latín a las lenguas románicas en los mismos términos formulados originariamente para discutir cómo traducir del griego al latín. Lucrecio llegó a lamentarse al traducir del griego al latín de que el latín carecía de sutileza, precisión y gracia en comparación con el griego, y a la hora de traducir del latín a las lenguas vernáculas, se pudo hallar una relación parecida entre estos.

La falta de términos equivalentes constituía un problema para los traductores peninsulares al traducir del latín. Estos traductores tuvieron que disculparse por no haber traducido literalmente las obras porque una traducción literal les parecía demasiado obscura. La solución más frecuente a este problema era la adaptación para medievalizar el texto latino, sustituyendo los términos en la lengua vernácula con otro que el traductor supone de significado afín, como hacía el traductor francés Jean de Meun.

Los traductores peninsulares del Cuatrocientos se ajustaron en general a las pautas marcadas por sus antecesores franceses. Eran casi todos muy propensos a hacer alarde de sus conocimientos del latín mediante el empleo de giros sintácticos latinos y cultismos en su prólogo o dedicatoria, y traducían para que un lector privado del conocimiento del latín pueda entender sin demasiados problemas su traducción.

El objetivo de la traducción en los siglos XIII y XIV constituía en divulgar en lenguas vernáculas a instancias del rey y para fines estrictamente utilitarios o doctrinales. Poco interesaban a los traductores los valores estilísticos de los textos auctoritates latinas, ni tampoco a los reyes, porque crear una lengua artificial para reflejar el carácter latinizante hubiera acabado en un texto de difícil comprensión. Sin embargo, los traductores del Cuatrocientos se preocupaban mucho más por el problema de comunicar en la lengua vernácula el sabor estilístico del original latino, como hacían constar en sus prólogos y dedicatorias. De esta forma, en el siglo XV surgió una tendencia latinizante que enriqueció los idiomas vernáculos tomando nuevas palabras y modos de expresarse del latín, pero siempre de manera controlada. Ni los traductores ni los autores abusaban de esta personalidad natural del idioma para innovar.

La teoría de traducción de aquél momento, tanto en la de Edad Media como el de humanismo italiano, partieron de las ideas de San Jerónimo. San Jerónimo dio a conocer sus ideas sobre el tema en respuesta a una crítica a su labor como traductor del griego en la famosa Epístola a Pamaquio, De optimo genere intepretandi, escrita en el año 395. San Jerónimo se apoyó en autoridades como Cicerón y Horacio diciendo que una traducción fiel no tiene porque ser por definición, una traducción palabra por palabra, sino que el traductor debe entender en su propia lengua el significado total del texto original y traducir las ideas de este, no las palabras. Esta idea y la de los topoi aparecían constantemente en los prólogos y declaraciones de los traductores de la época. Sin embargo, para algunos traductores de la Península como Alfonso de Madrigal, creían que en rigor solo una traducción literal podía respetar la autoridad del original. Algo que San Jerónimo había negado en su Epístola, ya que para él, cada lengua posee su propio genio y éste debe ser respetado y empleado por el traductor para obtener el máximo rendimiento. Además, San Jerónimo intentó distinguir entre el traductor ad sensum y el meramente literal. Llamaría Orator al primero, e interpres al segundo. Pero en la Península nunca se hizo esta diferencia de traductores. Sin embargo, debemos tener en cuenta que San Jerónimo habló sobre estas cuestiones enfocándose en las lenguas escritas de la Antigüedad como el hebreo, el griego o el latín, lenguas que conocía él, y el intento de aplicar sus teorías de traducción a las lenguas vernáculas de épocas posteriores y de muy diferentes estructuras no siempre dio resultados plenamente satisfactorios. Pero estos desperfectos en las teorías de San Jerónimo, junto a otros, pasarían inadvertidos casi por completo siglo tras siglo.

A principios del siglo XVI, San Jerónimo seguía siendo el Santo de algunos traductores de la Península. El humanismo italiano fue el primero que se atrevió a cuestionar algunas de sus teorías, pero siempre desde una perspectiva interpretativa y de revisión a la luz de la experiencia intelectual, una corriente que siguieron más tarde los traductores de la Península. De esta forma aparecieron sospechas de que no bastaba que el traductor intentase reproducir lo mejor que pudiera el sentido del original latino, sino también su eloquentia. Esto llevó a los traductores del Cuatrocientos de vuelta a la vieja duda de la posibilidad de traducir eficazmente del latín. Para algunos autores como Alfonso de Palencia (1425-1492), traducir cualquiera de sus obras al latín haría que lo agudo se tornara grosero y lo muy vivo se amorteciera del todo. Pero no podemos negar mediante estos problemas las contribuciones de los traductores del Cuatrocientos. Alfonso de Madrigal hizo una traducción al castellano comentada por él mismo de una obra que tradujo el propio San Jerónimo al latín del griego. Alfonso de Madrigal propuso en esta obra que traducir es hacer asequible en lengua vulgar todo aquello del texto original, y piensa que se necesita una reinterpretación de las ideas de San Jerónimo para poder traducir del latín a una lengua romance. Pero no compartía la opinión de sus contemporáneos de que hay cosas que se podían decir en latín pero que era imposible de traducir adecuadamente a cualquier idioma vernáculo. Para él, cualquier cosa que pueda ser dicha con vocablos de una lengua, puede ser dicha también en otro. A pesar de esta optimista teoría, este traductor tiuvo una concepción poco favorable de las traducciones del latín al castellano que se realizaban en su época. Sugirió que una de las causas de malas traducciones consistía en que los traductores suponían que el saber ambas lenguas en juego, se hallaban adecuadamente preparados para su tarea. No tienen en cuenta el dominar el asunto o materiales en cuestión. A la hora de escoger entre una traducción fiel y que no sonara bien y una traducción infiel que sonara bien, prefirió la primera.

Parte II




A parte de analizar las ideas que profesaban los traductores acerca de la traducción, así como los resultados de sus trabajos, también debemos tener en cuenta la forma de llevar a cabo, en la práctica, la tarea de verter un texto de un idioma a otro.

Cuando los traductores del Cuatrocientos en la Península tenían que resolver dificultades de gramática del latín, contaban tan solo con anticuados manuales como el de Alejandro de Villa Dei, obra básica de la Península incluso después de la publicación de la gramática latina de Nebrija. Pero si querían precisarse un poco más, ya tenían que acudir por fuerza a Donato, Prisciano u otros gramáticos latinos que escribieron sus obras para lectores de lengua materna latina. El problema lexicográfico también suponía un gran obstáculo ya que los “Lexicones”, diccionarios de aquél momento, ofrecían una información muy escasa de las palabras latinas. Para buscar la palabra equivalente de una palabra latina en castellano, había que servirse de recopilaciones anónimas de vocabulario elemental de estudiosos que trabajaban en las bibliotecas o archivos particulares, y muchos traductores tuvieron que servirse tan solo de lo que habían aprendido de coro en la escuela o universidad. A causa de estas dificultades, es comprensible que las traducciones de latín en aquella época fueran bastante lentas.

Como posible solución a esta lentitud, muchos traductores optaban por el ejemplo de San Jerónimo y utilizaban la técnica del dictado. Figuras como Alfonso de Cartagena y otros, tanto en la corte española como la italiana, emplearon con frecuencia esta técnica. Un dato interesante es que resultaba más complicado dictar pasajes cortos que párrafos más largos del mismo, ya que era laborioso ceñirse al curso general del texto habiendo leído solamente unas pocas palabras.

Durante esa época, los traductores también se preguntaban, antes de iniciar la traducción, el grado de prioridad de la fidelidad de la letra o de la elegancia estilística. Según sugirió San Jerónimo, se daba una polaridad neta entre la traducción ad sensum y la versión ad verbum, había que tener en cuenta la naturaleza de la obra a traducir, los lectores a los que se destinaba, el propósito de quien había encargado la traducción y las preferencias y capacidad propia del traductor. En cuanto a la forma de traducir, cualesquiera que fuera el modo, había que adoptar una primera etapa escrita, que era considerado el borrador, hecha por la persona que dictó del texto original, y después una revisión por parte del traductor adjuntando glosas. En las glosas explicaban los traductores las dificultades de comprensión y mediante estas deleitaban sus conocimientos. Añadían también capítulos a las obras dividiéndolas para facilitar la comprensión al lector, aún cuando el original carecía de ello. De esta forma se organizaban los textos clásicos al gusto del pensador de aquél momento.

En el siglo XV, las traducciones tenían una capital trascendencia dentro del marco cultural de los reinos hispánicos de aquél momento. No solo para los ingenios más o menos humildes, sino también para destacadas figuras de relevante talla intelectual de la época. Esto hizo que al terminar este siglo, un lector que tan solo conociese su propia lengua vernácula podía tener acceso a cuantiosas obras de auctoritates de la antigüedad clásica a través de las traducciones. Esta serie de traducciones comenzó en el siglo XIV en Cataluña, que debido a su cercanía con Francia y tratos con la corona de esta, generó este reino muchas traducciones para responder a los intereses culturales de los príncipes. A finales de este siglo, Castilla empezaría a adoptar estas costumbres.

A fuerza de tanta labor de traducción, surgieron frecuentes discusiones por parte de los traductores sobre los problemas que planteaba la traducción del latín a la lengua vernácula. Una de las cosas más tratadas fue la insuficiencia de las lenguas vernáculas para expresar de forma satisfactoria tanto el contenido conceptual como el estilo original del texto en latín. Pero a pesar de estas declaraciones pesimistas, sucedían traducciones sin cesar, y los traductores no se mostraban reacios por lo general en dar su nombre como autor de sus traducciones. Como ya se ha mencionado anteriormente, los Cuatrocientos tenían una estrecha dependencia con las viejas doctrinas de San Jerónimo. A pesar del cercano tratado con los humanistas de Italia, los traductores no se fijaban en los nuevos principios que estos planteaban, sino que preferían las traducciones al italiano de los autores de la Antigüedad para utilizarlas como material de consulta para emprender ellos mismos su propia tarea. Sin embargo podemos decir que este procedimiento tuvo que haber contribuido, aunque de forma implícita, en la divulgación de las nuevas normas humanísticas sobre la traducción. Aunque el tradicionalismo al que se aferraban los traductores ibéricos quedaba intacto, ya que se servían del texto en latín como original, y el texto italiano para resolver problemas de interpretación.

En la práctica de traducción en la Península, los traductores suelen adoptar una postura empírica ante los métodos de San Jerónimo, Ad verbum y ad sensum. Por ello, sus obras presentaban grandes variedades en la lingüística y en el estilo. Uno de los representantes podría ser el Príncipe de Viana, que al traducir la versión latina de Bruni de la Etica de Aristóteles, dijo: aquellas palabras que claras son en otras tantas en nuestro vulgar, y propia, convertí; mas, donde la sentencia vi ser cumplidera, por cierto, señor, de aquella usé.

La latinización en las traducciones a lenguas vernáculas no fue muy frecuente durante el siglo XV en la Península. Sin embargo hay una que merece especial atención, la traducción de la Eneida, una obra poética, por Enrique de Villena. Para este traductor, traducir del latín al castellano, aunque fuera en prosa, se hacía necesario el empleo de recursos estilísticos distintos de los que servían para verter la obra de un prosista antiguo. Pero erró al creer que la solución residía pura y simplemente en latinizar la lengua vernácula al traducir. Es cierto que fue el primero en intentar traducir el texto completo del poema a una lengua vernácula, pero la falta de coherencia lingüística y la inexacta comprensión del texto hicieron que su traducción fuera un modelo híbrido lleno de calcos del latín. Sin embargo, Juan de Mena, el traductor de Ilias latina, rehuyó por lo general el abuso de fórmulas sintácticas de tipo latinizante en sus obras, y esto hizo que sus obras fueran más claras, rápidas y sencillas para los lectores. A pesar de traducir un texto abreviado que condensa en unos dos mil hexámetros latinos el original griego de Homero, consiguió preservar en su prosa el tono poético de su fuente, algo ausente en la traducción de Villena.

A finales del siglo XV, a pesar de que existían todavía voces que sostenían que no era posible traducir del latín a las lenguas vernáculas de modo satisfactorio, el topos de desprecio hacia las lenguas romance era cada vez menor en las plumas de los traductores, y que a comienzos de siglo XVI desaparecería por completo, como la publicación en 1510 de la versión del De remediis de Petrarca de Francisco de Madrid.

Francisco de Madrid aseguraba que sus métodos de traducción eran los de San Jerónimo, pero los había interpretado de forma distinta a sus predecesores. En su prólogo no mencionó casi nada sobre la inadecuación de la lengua vernácula para traducir del latín, a diferencia de traductores anteriores, y contrapuso con orgullo la claridad de la lengua romance. Declaró que su versión de Petrarca debía ser fiel al original pero sin los rasgos que pudiese despistar al lector laico. No utilizó latinismos, y para que el texto en castellano fuera más fluido, agregó vocablos y otras formales verbales. El resultado fue una traducción fiel, variada, viva, flexible y poco distanciada de la lengua común.

Conclusión



Tras los puntos analizados anteriormente, es posible afirmar que al finalizar el siglo XV, el lector profano tenía a mano una colección bastante nutrida de autores de la Antigüedad, incluyendo en ella a Aristóteles, Platón, Homero, Plutarco, Ovidio, Virgilio, Luciano, Cicerón, Tito Livio, Quinto Curcio, Salustio, Valerio Máximo, César, Paladio, Egecio y Frontino. En la Península, las obras de estos autores eran asequibles con frecuencia en dos, tres o incluso cuatro idiomas o dialectos distintos gracias a la intervención de los traductores. Este afán por la traducción en la Península vino impulsada sobre todo por la señoría, la nobleza y los reyes, que encargaban traducciones a su costa para surtir las bibliotecas que iban formando.

A principios del siglo XV, los traductores y los mecenas se darían cuenta de que era en Italia, sobre todo en Florencia, donde hallarían con más facilidad los textos latinos que necesitaban para facilitar su obra, ya que el humanismo italiano estaba floreciendo en aquellos momentos e hizo grandes contribuciones a la traducción en Italia.

El factor decisivo en la traducción del latín de los traductores del Cuatrocientos fue la escasez de latinistas competentes. Para Alfonso de Cartagena y Alfonso de Madrigal, traducir bien no solo necesitaba conocer bien una lengua, sino también estar familiarizado con el modo de pensar de los autores antiguos de los que se traduce.