El saber del traductor
external image Portada_RODRIGUEZ.jpg
Autora: Amalia Rodríguez Monroy
Editorial: Montesinos
Año: 1999
ISBN: 84-89354-87-1


Por Amanda Carnicer Gutiérrez


Resumen




Traidor, faraute, trujamán, espía, delator, cómplice, traducidor, son algunos de los fantasmas en que el discurso común ha conjurado a lo largo de la historia el recelo que suscita en toda comunidad cultural la figura del traductor-intérprete.
A lo largo de la historia se ha asociado el acto traductor a la posición femenina, de ahí a que todas las resonancias y asociaciones que rodean a la traducción hayan compartido similar destino: ser no-toda, secundaria, débil, ser lo Otro, lo temido, y por eso mismo, menospreciado y vilipendiado. El elemento fuerte, aquél al que se otorga carta de masculinidad, es el llamado texto «original», ante el que la devota esposa fiel ha de rendirse.

Al mostrar el vínculo profundo entre el significante y la estructura subjetiva queda patente la imposibilidad de «objetivar» el sentido. Incorporar ese saber del límite al bagaje del traductor nos parece esencial, porque aunque se trata de algo que forma ya parte de su experiencia subjetiva, de sus modos de lectura, falta todavía una reflexión teórica que apoye al traductor en su búsqueda del sentido desde un reconocimiento de los límites que configuran todo acto traductor. Sólo si contemplamos el reverso de un discurso podemos acceder a lo que en él se oculta. Introducir ese giro exige partir de una premisa fundamental largamente ignorada por la teoría: la subjetividad del traductor es el elemento central desde el que reflexionar sobre el fenómeno de la traducción. Lo evidente es que la experiencia cotidiana del traductor le remite a espacios menos uniformados, espacios que escapan al saber sobre la norma que nos propone la lingüística.

Todo acto de traducción abre la caja de Pandora que es el lenguaje, por lo que una teoría de la traducción no puede desvincularse nunca de una teoría del lenguaje ni de una teoría del discurso, como tampoco puede disociarse de una teoría de la cultura que dé contenido simbólico a todo proceso significante. El lenguaje es el terreno en que se juegan todos los juegos entre el sujeto y el mundo. El proceso, la relación, nada tiene transparencia y eso no podemos ya desconocerlo. Ahí está la traducción, su invisibilidad, para recordarnos que en el lenguaje nada hay transparente, sino la ilusión de comunicación. Si Babel anuncia la multiplicidad de lenguas, también pone en entredicho la homogeneidad, la integridad e identidad de todo sistema lingüístico, idea en la que se fundan las tesis arraigadas de la legibilidad y de la traducibilidad absoluta.
El traductor tendrá que responder también de sus motivaciones, de sus recursos, de su deseo, como lector del que se espera que dé cuenta muy precisa de lo que ha podido o sabido leer en un texto.
El acto de traducir puede ahora entenderse como la interpretación de la cultura tal y como se manifiesta en un discurso. Se trata de restituir el sentido sabiendo y aceptando que el sentido nos viene del otro. Lo importante es comprender qué se dice cuando el lenguaje juega enteramente en la ambigüedad. Ahondar en el orden cultural en que todo acto de traducción se inserta exige adentrarse en un orden simbólico, es decir, en la relación dolorosa y conflictiva entre el sujeto y el mundo, relación sólo explicable desde la red de lenguaje que nos permite un acceso a éste, acceso siempre mediatizado, interpretado, traducido.

La traducción es ese saber que desestabiliza los demás saberes, ya que obliga a contemplar el lenguaje, no desde la solidez de su valor instrumental, sino desde la inestabilidad del sentido que la práctica traductora misma exhibe. La frontera que permite localizar el problema nos sitúa entre dos formas de pensar el lenguaje y la significación: frente al modelo tradicional que presupone la transferencia inequívoca del sentido, modelo que considera que la polisemia es reductible a una formalización, el otro modelo que parte de la diseminación del sentido. La traducción es profundamente subversiva, pues nos enfrenta a la opacidad del lenguaje y deshace la ilusión de transparencia en que se sostiene la cultura. Por eso no puede sino evocarnos a la Quimera para contemplar en ella esa dimensión de enigma. La traducción es una práctica cultural marcada por una invisibilidad que es efecto del sustrato ideológico dominante en el discurso cultural.

Por su parte, el traductor, se mantiene en una flagrante invisibilidad. El olvido en que su mediación es sostenida por el discurso común, nos obliga a abrir, ante la débil identidad en que ha de sostenerse el traductor, parcelas que suelen estar reprimidas. En su misión de lectura y reescritura, en su trabajo con el texto y con su interpretación, necesita situarse en un marco de pensamiento adecuado a sus preguntas, es decir, necesita vincular el problema del lenguaje y del discurso a una reflexión sobre el hecho cultural en tanto es también un hecho discursivo. Y ahí nos encontramos con que ni la ciencia ni lo saberes que denominamos «humanidades» han efectuado aquella pequeña maniobra retórica que muestra la duplicidad del sujeto, la separación entre su enunciación y su enunciado. Sin esta separación, se opera desde la transparencia del lenguaje.
Que en el seno de lo cultural, de la lengua, todo no puede decirse es algo con lo que se ha de contar. Por eso el traductor al operar con lalengua está sometido a prohibiciones, a imposibles: lo imposible de decir, tanto como lo imposible de no decir de cierta manera, si queremos conservar los encubrimientos que el texto nos procura. Se trata, no sólo de la división entre lo correcto y lo incorrecto que determinan las gramáticas y las descripciones lingüísticas, sino del límite que instaura, en el plano de lo simbólico, de la ley, la propia cultura, es decir, su modo concreto y particular de organizar el goce que es lo que, en último término, ordena una cultura.
Para el que traduce, lo importante es subrayar la palabra que cuenta. Es una «puntuación» afortunada la que le da sentido al discurso, la que hace perceptible al interlocutor lo que se «ha querido decir» ahí. Que la palabra puede estar vacía es algo que responde a la experiencia más cotidiana. Por eso, parece primordial hacerse eco del tal extendido enrarecimiento de los efectos de la palabra en el contexto social presente. Fomentar una forma de lectura apoyada en estos efectos supone leer con los oídos, escuchar el valor de la palabra del sujeto.
Nuestra función lectora tiene que orientarse a forjar la capacidad de discriminar entre el rumor sordo del lenguaje y la función de una palabra plena en que el otro de la escucha sea reconocible, esté presente. Fomentar el surgimiento de sujetos lectores que en vez de ser hablados y traducidos desde esa alienación puedan establecer algún vínculo con la palabra verdadera, único acceso al arte del bien-decir que es la meta de un traductor ético.
Con estas premisas se deja bien sentada la posición que como intérpretes de la cultura nos corresponde: conocer y practicar esa distinción entre palabra y lenguaje, es decir, aprender a reconocer el lugar que el otro ocupa en el propio discurso.

El proceso de reconocimiento del sentido no es una línea recta. Es una curva que además se dirige hacia atrás, hacia lo anteriormente dicho y ahí toca las teclas de un pasado que se torna presente. De ese pasado el traductor ha de tener algún conocimiento. Al fin y al cabo, lo que una palabra significa es lo que ha ido significando a lo largo de la historia, o más exactamente, a lo largo de sus valores.

Es evidente el protagonismo que adquiere la traducción en el movimiento de conquista de sí misma por parte de una cultura. Esta conciencia se sitúa ahora no en el sistema esquematizado de su lengua única e incontestable, sino en el punto de intersección de numerosas lenguas, en el punto preciso de su orientación recíproca y de su lucha intensiva. Por mucha serenidad que transmita el texto, siempre hay detrás una pugna que el traductor no puede por menos de reconocer y manejar con habilidad. La confrontación de culturas hace brotar sentimientos contradictorios: defensa y enriquecimiento de lo propio y entendimiento de lo ajeno.

Lo que perturba a Vargas Ponce es la mala traducción y es en ese terreno el descuido y la tergiversación, de la torpe manipulación, donde nuestras defensas se han desvanecido hasta dejarnos inermes en el siglo XX, y muchos más en el siglo XXI donde la traducción se regirá por los criterios de anonimato que Internet nos impone. Nadie será responsable de lo que se dice y mucho menos de cómo se dice.
Y es ahí donde una orientación técnica difiere sustancialmente de una orientación que no renuncie al factor cultural. La no exclusión de éste implica reconocer la presencia de un sujeto de la enunciación que está fuera de sus enunciados y puede responder a ellos.

Detectar la ética que rige cada discurso sería una de las tareas centrales de todo traductor; el elemento que daría pleno sentido a su acto de translación.
No importa qué textos vaya a traducir en el desarrollo de su vida profesional. Importa que sepa por qué elige lo que elige. Importa que esos significantes amo que orientan su hacer y su decir son los amos por él elegidos según valores que él mismo ha establecido, más allá del mandato del otro, ese tercero presente siempre en todo intercambio, en todo acto verbal, como garante de sentido, le señala como deseable.
El «lapsus» interpretativo nos llama la atención por su frecuencia. El contacto lingüístico tiene un inusitado poder de arrastre que lleva al traductor poco entrenado a producir verdaderos engendros. Y el problema no es que el traductor no conozca la norma. Sin duda la conoce, aunque la desorientación que le produce la otra fórmula, la que rige lalengua del texto original, puede con él.

Desde Cicerón en adelante se habló de traducir el sentido, no las palabras, se habló de buscar equivalencias precisas que colmaran el deseo de abolir las diferencias, se habló de fidelidad, con lo que implica de la presencia de un amo, para discutir ad infinitum si esa fidelidad era debida al texto original o al lector de la traducción. La situación histórica inclinará la balanza de uno u otro lado para el traductor fiel, fiel la más de las veces a la presión ideológica de su entorno cultural. Pero la constante en esa serie de dualidades es la aspiración a una unidad perdida, la búsqueda de un lenguaje universal que nos devolviera a la era prebabélica de la inocencia.

Se inicia en los año ochenta un nuevo giro en los Estudios de Traducción que supone fijar la atención en el texto traducido para analizar en éste las relaciones de intertextualidad que mantiene con el otro texto y con los otros textos de la cultura. Se pasa así del estudio en el plano interlingüístico al estudio de la propia dimensión textual tal como se manifiesta en el producto mismo que es la traducción. Presuponer que la traducción ha de estar orientada hacia la cultura meta no deja de ser una forma de prescripción en un método que se dice meramente descriptivo: «norma translacional» que sería la serie de condicionantes que obligan a adaptar criterio de traducción a las expectativas del contexto sociocultural en que se inscribe el nuevo texto.

Pero, hemos de fijar, además, la atención en la figura misma del traductor, para preguntarnos quién es. A menudo en las traducciones españolas escasea la información sobre su persona, pero ahí donde sea posibles importante conocer su trayectoria de trabajo, gustos literarios, etc. Ese conocimiento del traductor nos permitirá comprender mejor lo que nos interesa establecer en este punto: su proyecto traductor. Cómo percibe la tarea, cuál es su concepción de ésta, aspecto sin duda marcado por el discurso social e ideológico de su tiempo. Y ahí importa considerar junto a sus usos, los modos en que él ha internalizado la ideología social, literaria y traductora que le rodea.
Nada se exige al discurso cotidiano mientras en el literario la conciencia de una traducción fallida resulta bastante más inaceptable, adquiere otra trascendencia que llega a herir al lector. Si en las sociedades actuales se descuidan los efectos de la palabra, su valor de verdad, no puede sorprendernos que las traducciones irreflexivas e imprudentes sean dadas por válidas, que sólo se aspire a proteger un poco más el texto en tanto sacralizado.

El acto comunicativo se percibe como un proceso de traducción múltiple. La traducción empieza ya en el momento de la lectura y en el plano del pensamiento, en el espacio de las ideas y de los valores, de las formaciones culturales preexistentes, aún no formuladas. La palabra, tiene tres dimensiones bien distintas: existe como palabra neutra, que no pertenece a nadie; también como palabra ajena, llena de ecos, de los enunciados de otros y, finalmente, como mi palabra. Esa expresividad no pertenece a la palabra misma, sino que hace en el enunciado individual, que es justamente el material expresivo con el que el traductor trabaja. La dificultad de una traducción nunca es de carácter meramente técnico, sino que afecta a la relación del ser parlante con la esencia de la palabra y afecta también a la dignidad del lenguaje.
Si la nominación representaba el conocimiento mismo, en adelante el hombre caído se verá reducido al una de la palabra. Benjamín la llama«palabra humana», palabra expulsada de la lengua nominal, del puro conocimiento, condenada a comunicar algo, a ser una mediación. La hipótesis que formula Benjamín hace del pecado original el origen mismo de la abstracción como facultad del espíritu. Por eso, si ese núcleo de pureza donde reside el ser del lenguaje no es otra cosa que la significación misma, el sentido viene sólo a clausurar la significación. Aferrarse al estado fortuito de la lengua, es el error fundamental del traductor. Su tarea tiene mucho más que ver con una violencia hecha al sentido, con una ruptura del orden que el sentido impone.

Conclusión


El libro es muy interesante, ya que nos muestra todo lo que se debe saber en cuanto a la traducción y a ser un buen traductor. Plante algunos problemas que nos podemos encontrar y su correcta solución, al igual que también nos habla de errores que se pueden cometer y cómo evitarlos.