Ética y política del traducir. (Traducción de Hugo Savino)
13.png


Buenos Aires
Leviatán
2009
191 pp.
ISBN: 978-987-514-169-8
Autora: Marta Fernández Tejido

Introducción



El tema que se trata en este libro es lo que hacen las traducciones, y más concretamente lo que le hacen a lo que el autor llama el sujeto del poema. Por otra parte no es un libro teórico sino para mostrar que el traducir en muchas ocasiones se hace cayendo en el error.



Resumen


Después de sus estudios universitarios en lenguas modernas, latín y griego, Henri Meschonnic partió con una gramática de hebreo bíblico, lo aprendió como autodidacta y leyó en la Biblia los acentos, los ritmos, la prosodia, las violencias gramaticales -el poema, en suma- que las traducciones clásicas borraban con la goma de la interpretación. Y en este libro cuyo original data de 2007 prosigue su combate sostenido contra: la separación del lenguaje y la vida (en esta lucha apela a Benveniste y Spinoza), las especializaciones académicas -de la lingüística a la traductología- que se ciñen a las lenguas sin plantearse una teoría del lenguaje (su referente es Humboldt), el mantenimiento del dualismo del signo que parte de un Saussure mal entendido, las interpretaciones filosóficas del poema que se basan en el sentido (el enemigo principal es Heidegger) y a veces desembocan en la mitología babeliana de lo intraducible (Steiner, Benjamin, Derrida), la hermenéutica religiosa y teológica que "desescritura" el texto que "adora" al traducirlo... La lista está lejos de ser exhaustiva.
Se puede decir que, desde su práctica- teórica, este autor "fuerza" al pensamiento como fuerza a la lengua en este libro poblado de espléndidos ejemplos de sus versiones bíblicas.

Comentario




Para comenzar debemos entender que una ética del traducir implica una ética del lenguaje y ésta, a su vez, teoría de conjunto del lenguaje. Pero aun así hay que tener en cuenta que no es lo mismo la ética del traducir que de la traducción ni del traductor.

Respecto a la idea de fidelidad y exactitud, el autor nos hace pensar sobre esto y analizar la cuestión, ya que debemos saber a qué somos fieles, la respuesta más común sería decir que a la lengua, pero aun así se nos presenta un problema: ¿fiel a que lengua? A la hora de tratar esta idea se debe tener en cuenta además que la lengua no es lenguaje.

Meschonnic no concibe la ética como una responsabilidad social sino como una búsqueda de un sujeto que se esfuerza por constituirse sujeto de una actividad, el cual es inseparablemente ético y político. Como conclusión de lo que se expone en este primer capítulo nos explica que ética del traducir es una idea que se suele dar como implícita.

En el capítulo 2 trata el asunto de la deontología, y con ese término nos referimos a la ciencia de lo que se debe traducir, y el autor nos muestra su opinión en esto diciendo que no esta disciplina no es suficiente si no hay poética.

El autor toma ideas de Pym como la de cuestionar si hay una verdadera necesidad de traducir y responde a ello con la responsabilidad en un principio pero posteriormente concluye en que es necesario traducir únicamente ahí donde los beneficios de la cooperación lo justifiquen. Pero es evidente que su criterio es comercial y por ello no supera nada.

Como el propio autor ya nos muestra en el título la ética del lenguaje, del traducir, es algo urgente porque no vemos el mal que estamos haciendo y el motivo de que no lo veamos es que no nos lo hacemos a nosotros mismos sino a otros, y se lo hacemos con el lenguaje. El verdadero problema y, por tanto, causa del daño es que lo que tomamos por lenguaje no es más que la representación del lenguaje.

Esta representación del lenguaje es el signo del significante y del significado, y el estilo no es más que lo que el signo permite pensar a cerca de eso que hace el poema o la literatura y está aparte del lenguaje ordinario. De lo que hay que concienciarse en realidad, es que el signo incluye un montón de paradigmas y es lo más importante.

Las relaciones con uno mismo y con los otros pasan necesariamente por el lenguaje, por lo que vemos que no hay ética si no hay ética del lenguaje, así la ética es inevitablemente una cuestión del lenguaje: no es algo subjetivo sino que se trata de saber tratar como se comporta uno con el lenguaje y eso se ve en el resultado. Pero para ello hay que saber pensar el lenguaje y como pensarlo. Como se ha dicho en múltiples ocasiones, “el lenguaje sirve para vivir” y hay que pensar para vivir por tanto, pero ese pensar-para se convierte en un pensar-contra, contra los saberes, y eso es lo que llama el autor no pensar, es confundir el saber con el pensamiento.

La urgencia de la que trata el capítulo es que tenemos que pensar lo que las ciencias del lenguaje no piensan, es decir, pensar lo que los saberes no piensan.

En este capítulo también se incluyen las consecuencias que surgen del hecho de definir el poema que deben ser analizadas ya que esto influye en la traducción:
El poema es un acto ético porque nos hace sujeto, y eso es muy importante para no confundirlo con la estética.

Lo que se toma como poesía, historia de la poesía, está llena de poemas. Por esa razón se podría deducir el criterio de tomar como poema lo que se parezca a la poesía pero eso es un error puesto que la historia está llena de intentos de poema pero que no llegan a esa categoría por tanto hemos de tener cuidado con esta idea.
-La definición que el propio autor da de poema desborda la definición tradicional que se ha venido dando.
-La tercera conclusión hace aparecer la cuarta ya que esta definición también implica la invención de vida del poema como lo divino y aquí vemos una paradoja porque se desteologiza lo divino.

La ética del poema es una escucha del continuo en el poema, pero no de lo que dice sino de lo que hace y que lleva en su contenido lo que dice. El poema es único en hacerle al lenguaje lo que le hace, por lo que sería un error ver en el poema una desviación.
Por otra parte, hay que tener en cuenta que el traducir nos muestra que la noción de comunicación pasa por el lenguaje. Pero de la lengua solo se tienen discursos en los que cada vez se emplea un habla, es decir realizaciones concretas de habla.
En el cuarto capítulo (el desafío del traducir es transformar toda la teoría del lenguaje) Como ya se ha venido diciendo el problema mayor, incluso en la traducción, es la teoría del lenguaje y la razón de esto es que la representación del lenguaje se interpone entre el texto a traducir y la intención del traductor. Por eso, Meschonnic trata de transformar toda la teoría del lenguaje para hacer con ella una poética de la sociedad porque la sociedad depende de su representación del lenguaje y es desvelada por ella.
De este modo se puede decir que no hay nada intraducible porque no hay problema de traducción propiamente, lo único que hay es un problema de teoría del lenguaje. La solución que el autor presenta consiste en reconocer qué representación del lenguaje se pone en acción.
El problema lo encontramos en el signo, el cual no conoce más que lo discontinuo y se escapa del ritmo (lo continuo), y lo continuo precisamente es lo que hace que las palabras tengan algo más allá del sentido. Pero tenemos la ayuda de la traducción, que nos muestra una prueba para la teoría del lenguaje de lo que se debe cambiar en lo que respecta al signo y toda nuestra representación del lenguaje. Así vemos que hay un conflicto entre el ritmo y el signo (continuo-discontinuo)
La teoría de la traducción implica el pensamiento del ritmo (conceptuar lo continuo) porque ella pone en juego el conflicto mayor conocido entre el signo y el poema, lo discontinuo y lo continuo: lo que tiene que hacer la teoría es transformar las prácticas y el papel de las prácticas es poner las teorías en descubierto.
En el capitulo cinco (El sentido del lenguaje, no el sentido de las palabras) se comienza con la idea de que cualquier problema del sentido se puede incluir en la oposición entre el lenguaje y el sentido de las palabras o del signo: ahí se opone por tanto la necesidad de una teoría del conjunto del lenguaje a la hermenéutica que sigue estando en el signo. La paradoja es que al tratar entender esa idea ya hago hermenéutica, que es lo opuesto a lo que estamos buscando.
La paradoja en la noción de lengua es que ella misma impide pensar en la noción de discurso: la noción de lengua y la noción de sentido impiden pensar el lenguaje.
El autor entiende por poema «la transformación de una forma de lenguaje por una forma de vida y la transformación de una forma de vida por una forma de lenguaje […] pero nada según el signo como opuesto a sentido [...] forma en el sentido de organización y de invención de una configuración de un sistema de discurso [...] la fuerza soporta y lleva el sentido, no se opone a él como hace la forma con el contenido.» por lo tanto , según lo que ahí se explica, lo que hay que traducir no es el signo sino la fuerza que las palabras llevan porque ellas mismas ya tienen un sentido, como en latín ya decía Cicerón con la frase vis vervi, vis verborum.
Lo que hay que traducir no es lo que el texto dice, sino lo que hace; o dicho de otras formas, más que el sentido es la fuerza; no la lengua, sino un discurso; no lo discontinuo sino lo continuo. Pero para conseguir eso habría que salir del signo, y para ello necesitamos un apoyo exterior porque de lo contrario uno no puede tener ni el pensamiento ni el medio para salir de allí.
Traducir se podría tratar desde un punto de vista fuera de lo corriente en el sentido de lo opuesto de la escritura, es decir, tratarla como algo que se opone a la obra original: la escritura opuesta a la desescritura. Y por ser desescrituras es por lo que se suele decir que las traducciones envejecen: Para analizar o entender bien lo que significa la traducción debemos tener en cuenta el valor del espacio-tiempo que resulta fundamental para distinguir y entender mejor las teorías ya que el tiempo es relevante porque no se traduce igual en las diferentes épocas, además se podría considerar que una traducción caduca a los 30 años.
Pero hay que ver esta crítica no como algo destructivo sino como constructiva porque los contras son lo que nos permiten ver los pros.
Pero nos encontramos ante la paradoja de que lo religioso, que se supone que sería la veneración máxima de un texto sagrado, resulta en el debilitamiento del texto al que adora, la desescritura, porque la verdad teológica actúa como el signo. Por esto hay que distinguir entre religioso, sagrado y divino; asunto que vamos a tratar más adelante.
Traducir será escribir únicamente cuando se haga en la lengua de llegada, con sus medios propios, lo que el texto le hace a su lengua (su fuerza y ya no únicamente el sentido)
Esa fuerza es el significante: traducir-escribir es traducir esa fuerza, y esa fuerza se opone al sentido. Pero en oposición a esto tenemos la idea absurda de que la obra es la suma de sus traducciones: ahí se confunde el efecto cultural de la difusión de una obra, efecto sociológico, con lo que una obra hace como poema.
Por todo esto hay que tener presente que traducir el signo en lugar de traducir el poema es desescribir. Por tanto podemos concluir respecto a esto que el verdadero desafío del traducir es transformar toda la teoría del lenguaje
El capitulo siguiente se puede comprender tan solo con la idea que nos transmite el título (fiel, infiel, casi lo mismo, gracias mi signo) fiel o infiel todo eso es antiguo aunque esto es cuestión de puntos de vista. Aquí también explica la relación entre entender y traducir, lo que podemos ver es que en ambas acciones hay interpretación, entender ya es traducir y traducir supone entender
Volviendo a la idea de fiel, infiel, casi lo mismo; hay que añadir que lo dice porque a pesar de su oposición aparente, ambas nociones hacen lo mismo: permanecer en la oposición entre contenido y forma, en ambos casos se permanece en el signo.
El autor nos ofrece una extensa explicación de los 9 ‘golpes’ que encontramos en la traducción:
1. No hay problemas de traducción, no existe lo intraducible, solo hay un problema de teoría del lenguaje, de representación del lenguaje. El signo impide pensar el lenguaje, mientras que él pasa por la naturaleza del lenguaje. Por eso el signo también impide pensar lo que es traducir. El problema es mucho más difícil de lo que uno cree al traducir un texto porque el problema es toda nuestra representación del lenguaje y ella está hecha de tal manera que no nos da ni razones ni medios para resolverlo.
2. Mostrar lo que tomamos por naturaleza del lenguaje no es más que una representación.
3. El signo es una locura, lo es la separación del lenguaje en dos elementos heterogéneos el uno con el otro. Hay que mostrar los límites de la teoría del lenguaje
4. Denunciar la impostura de la identificación del estructuralismo lingüístico con Saussure.
5. Construir contra la coherencia del signo, la contra-coherencia del signo
6. Rever la cuestión-del-sujeto que ya ha sido explicada
7. Lo que hay que traducir es la escucha, que consiste en escuchar lo que no se sabe que se escucha: ahí el ritmo, los ritmos desempeñan un papel mayor.
8. Un golpe de Biblia: el efecto de la teoría de la relación col el texto bíblico es doble
9. Reúne a todos los anteriores: es pensar esta interacción lenguaje- poema- ética- política como una sola sistematicidad. Ahí es donde traducir se revela en su importancia mayor, el ejercicio de una teoría de la traducción trabaja para una vida humana.
Más relevante es el papel que le atribuye Meschonnic a la traducción en lo que él llama la "interacción lenguaje-poema-ética-política". Aclaremos que, para él, "no son las lenguas las que son maternas sino las obras las que son maternas": por caso, de la Biblia nace el hebreo y no a la inversa. Partamos de un ser de lenguaje que busca "constituirse como sujeto por su actividad", por su práctica reflexiva, al traducir. Lo importante no es lo que el texto dice -el sentido-, sino lo que hace -con su fuerza-, lo que le hace a ese sujeto que, a su vez, le hace decir a tal o cual lengua en la que escribe algo que tal vez nunca le hayan hecho decir. De esta suerte de doble forzamiento (del texto al sujeto, del sujeto a la lengua) se deriva que "traducir desempeña un papel mayor y único en la teoría de conjunto del lenguaje: el de una poética experimental"; que la poética es ética, ya que transforma tanto al sujeto que escribe como al que lee, y política, porque "la ética del lenguaje concierne a todos los seres de lenguaje, ciudadanos de la humanidad".
Es el signo el que identifica la lengua de partida a la forma y la lengua de llegada al sentido: pero esta idea es un error del lenguaje y lo peor es que él mismo ni siquiera es consciente de ese error. “Siempre es posible decir la misma cosa de otra manera”
La idea de que las traducciones de un texto formen parte del texto, lo que solo es verdad con la condición de que aceptemos reducir los grandes textos a su efecto cultural, es decir limitar también el poema al signo. Pero ya sabemos que todas las traducciones de una escritura son desescrituras. Para pensar lo que se hace cuando se traduce, hay que aceptar reconocer que el signo no es lenguaje, sino un modelo de lenguaje, que la noción de lengua impide pensar el lenguaje, que la noción de sentido es un obstáculo epistemológico para pensar lo que hace el lenguaje, esto es lo mismo que decir que lo conocido impide pensar lo desconocido del lenguaje, y por tanto la solución de trata de pensar lo impensado.
La única condición para conseguir el efecto de oír es recrear, no reproducir o imitar; aquí vemos las ideas de Lausberg, que consisten en que la copia o la imitatio son de un grado inferior mientras que la recreación ya consistiría en transmitir en la lengua meta esa idea pero llegando incluso a superar el original y mejorarlo. Y eso es lo que este autor entiende como una buena traducción.
En el capitulo nueve cuando se habla de los textos religiosos el autor remarca esta idea y repite la distinción de ellos con respecto a los sagrados. Aquello a lo que llamamos texto sagrado incluye desafíos que él mismo provoca, pero que a su vez sólo él puede resolver: lo sagrado es anterior al lenguaje humano, lo divino sin embargo se trata aquí como principio creador de vida. Y lo religioso es la ritualización y la socialización de lo sagrado y lo divino.
Meschonnic apunta que hay que desteologizar el pensamiento y la ética para reconocer mejor las diferencias entre lo sagrado, lo divino y lo religioso.
Por otra parte atribuye gran importancia al ritmo diciendo que es el porqué y el cómo, por eso hay que traducir y a su vez se la quita a la palabra no es una unidad de discurso sino una unidad de lengua, y cuando uno cree ser fiel al texto, en realidad es fiel al signo. Retraducir no cambia el continuo entre lengua y pensamiento.
Uno de los capítulos está totalmente dedicado a una justificación del autor de las causas que le llevan a retraducir la Biblia para hacer que se oiga lo que TODAS las otras traducciones borran: trabaja para que se oiga el poema que es algo muy diferente al sentido de las palabras. El resultado es que todos los traductores borran la poética del texto, ya que según afirma el autor, la Biblia en hebreo es una lección de ritmo que transforma la noción corriente y griega de ritmo. De esta forma si las traducciones son borrantes se podría pensar que se puede oír el ritmo en el original hebreo, pero eso ya no está garantizado.
Meschonnic también hace alusión a la idea de mostrar al traductor como un traidor, con el juego de palabras italiano “tradutore, traditore” porque le muestra no como un intermediario que hace un trasvase a otra lengua, sino como un individuo que no sigue el ritmo del original y por ello no hace una buena traducción, ya que al no saber reproducir el ritmo en la lengua de llegada con la misma fuerza que tenía en la lengua de partida, está traicionando al original.
Además hay que añadir que el signo se da, irónicamente, como espectáculo, pero el poema hace el espectáculo, que, con la condición de que se lo escuche, hace que traducir sea la puesta en escena. Somos varios los que estamos en el lenguaje y que la oralidad es fundadora, del sujeto y de lo social. Hay oralidades del hablar, con sus gestuales. Y las maneras individuales, o culturales, de oralizar. La poética de la voz es cuando se hace una invención de oralidad que transforma la oralidad. La paradoja: es lo que se llama la escritura, en el sentido poético, que es el lugar de esta oralidad. Este traducir-ritmo escapa tanto al literalismo como a la lengua corriente, y a la traducción que anda detrás de la lengua corriente. En lugar de ser llevada por la interpretación, la traducción entonces es portadora, como el texto original es portador. No está solamente la jerarquía del valor pausal de los acentos del hebreo. Interviene también mi propio sentido subjetivo del lenguaje. Las pausas, pero también la elección de las palabras mismas, las más simples, concretas, las más sensuales. Para dar lo que yo sentía en estos textos. Con todo lo que sabía también. La invención poética empieza a partir del momento en que continúa siendo, indefinidamente, su propio efecto. Así el sentido es del orden del infinito.
Meschonnic señala que el hacer desborda infinitamente la intencionalidad, incluyéndola a la vez y lo trata como un elemento que permite tomar conciencia de lo que pasa, precediendo a la vez a esta conciencia. Dos palabras en la Biblia resumen este trabajo “na’ asseh venichma – haremos y escucharemos”. El hacer precede a la escucha, precede al saber mismo que se tiene de lo que se hace. Lo que implica profecía en este hacer. Poéticamente, se hace lo que se hace antes de saber lo que se hace. Y sobre todo no hay que hacer lo que se sabe.
El hecho de traducir la biblia supone embiblar la voz pero con la condición de tomar el ritmo en la Biblia. La ritma bíblica es enteramente poema pero no en el sentido de oposición a prosa porque también puede ser prosa y ahí está el hecho de embiblar cuando se da a oír ese inaudible del todo entero del todo entero prosa poema que se ha borrado en todas las traducciones. También podemos tomar la acción de embiblar como desteologizar para encontrar la fuerza de lo continuo borrado por el lenguaje de las traducciones que van buscando el lenguaje corriente (borrantes). Pero el termino voz hay que entenderlo no en el sentido de lo que se oye porque eso es el sujeto, sino en el sentido del sujeto que pasa de sujeto a sujeto, así la voz nos hace sujetos. Además, traducir el signo es no tener voz y traducir el poema supone tener poema en la voz y es ahí cuando traducir es re-escribir.
El autor dice que al retraducir la Biblia, lo que él ha hecho ha sido recuperar el ritmo que había en el original hebreo para enritmar el francés y así conseguir que se tome el sentido racional del discurso
Europa fundo su cultura del lenguaje en Grecia, y por ello la representación del lenguaje por el signo tenemos que atribuirla al pensamiento griego antiguo y el signo no es tomado como una representación del lenguaje sino como naturaleza y verdad del lenguaje. Nuestra representación del signo impide pensar el continuo y por ello traducirlo, porque traducir supone una representación del lenguaje. Pero con la invención del poema, la tarea y la dificultad empieza a encontrarse en la representación del signo, hacer una crítica del signo del poema. En el reino del signo de la actualidad lo que implica problemas es que no todos están pensados igualmente. El traducir-lengua olvida que no se traducen más que discursos, porque lo que hay en la lengua en realidad no son más que realizaciones concretas de habla cada una diferentes del resto.
Para terminar esta reseña, voy a mostrar una de las ideas que a mi parecer ha sido la que más podría sintetizar esta obra. Y es que la composición de un discurso afecta a la manera de expresarse y puede ser:
-Fónica: es aquella que afecta al ritmo en relación con las silabas, los pies, las aliteraciones… y al elaborar un discurso hay que tener en cuenta cómo suena porque hay un ritmo interno. Por eso aquí también interviene la puntuación que en relación con la traducción es importante en el sentido de que no hemos de olvidar que cada lengua tiene sus propias reglas de puntuación a las que uno debe adaptarse al traducir. Es decir, para escribir bien hay que tener un ritmo. Esto es lo que comúnmente se denomina “que suene bien”
-Por otra parte tenemos la sintáctica que trata de cómo se deben agrupar las palabras para que marquen un ritmo en relación con el tipo de discurso que hagamos.