Ética profesional de traductores e intérpretes
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Autor: Augusto Hortal Alonso
Editorial: Desclée De Brouwer
Número de páginas: 253
Año: 2007
Idioma: español
ISBN: 978-84-330-2127-4
Por: Rocío de Miguel Bárcena

Introducción



Augusto Hortal busca clarificar las dimensiones de la Ética profesional de traductores e intérpretes. ÉTICA PROFESIONAL DE TRADUCTORES E INTÉRPRETES es un libro destinado a alumnos, profesionales y profesores.
A. Hortal reconoce la importancia del papel del traductor porque nos permite conocer ideas, pensamientos e incluso, mundos distintos, que de otra forma no podríamos alcanzar. Sin embargo, es también un papel desagradecido: nadie se acuerda del traductor sino es por sus errores.
Del mismo modo que para valorar toda traducción es indispensable conocer la época donde se llevó a cabo, tampoco podemos desligar la ética de su tiempo. A lo largo de la historia, la ética de la traducción ha pasado de la defensa de la fidelidad a la hospitalidad de lo extranjero. En el presente trabajo lo que se busca es ampliar la perspectiva de la ética a todas las actividades del traductor como mediador lingüístico. El concepto de ética de la traducción se trueca en el de Ética de los traductores.
No podemos negar la riqueza que supone la pluralidad lingüística, pero a su vez es un obstáculo para el buen entendimiento. Es por ello que la labor de traductores e intérpretes no es solo la traducción en sí misma. Al traducir se actúa en situaciones diferentes y al servicio de diferentes fines y destinatarios. Son estas actuaciones las que la Ética profesional de los traductores e intérpretes intenta regular.
A lo largo de este libro, se entiende la ética profesional como aquellas responsabilidades y compromisos del traductor con la práctica que desempeña. Es ética la práctica bien ejercida y es objeto de estudio de la Ética lo que esta aporta, en general y en concreto, a la vida humana.

Resumen



Capítulo 1: ¿Qué es la Ética? ¿Qué es la Ética profesional?
El objetivo de este primer capítulo es dar una visión general de la Ética y de la Ética profesional antes de profundizar en la Ética de la traducción y de los traductores.

Para ello, el autor establece relaciones y diferencias entre la moral vivida y la moral pensada, entre la Ética general y las éticas profesionales, así como entre la Ética y la Deontología profesional.
Todos vivimos una vida moral mientras que solo algunos se dedican a reflexionar filosóficamente sobre esa vida. Muchas de las cosas que intuitivamente sabe ya el que vive moralmente, pueden y deben ser explicitadas, organizadas…Es aquí donde entra en juego la Ética que tiene su origen, su razón de ser y su horizonte en la moral vivida.
El ámbito profesional tiene sus peculiaridades normativas, pero no es completamente independiente de la Ética vigente en otros ámbitos con los que se tiene que integrar formando una única Ética (Ética general).
Tanto la Ética como la Deontología profesional tratan sobre las normas y comportamientos que cabe esperar y exigir a los profesionales en el desempeño de su profesión. Sin embargo, la primera va más allá de un mero código, manteniendo la reflexión sobre lo que los profesionales hacen, deben hacer o es bueno que hagan.
En este capítulo se abordan también los diferentes enfoques de la Ética de la traducción según Chesterman: la representación, el servicio, la comunicación intercultural o la satisfacción de normas y expectativas. Todos ellos son cuestionados por ser inadecuados o parciales. Augusto Hortal propone reformular la Ética de la traducción y enfocarla en una Ética de los traductores, más centrada en quiénes traducen y a qué tipo de acciones, personas e instituciones prestan su colaboración.

Capítulo 2: La profesión de traductor e intérpreteEl autor recorre ahora, a grandes rasgos, lo que ha venido siendo a lo largo de la historia, la traducción, cuyo punto de partida radica en que existen lenguas diferentes y, a la vez, la necesidad, deseo o conveniencia de entenderse entre ellas.
Partiendo del mito de Babel, pasando por transacciones comerciales, relaciones diplomáticas, traducciones de textos escritos (sagrados, clásicos, de crónicas y leyes), llega al siglo XX en el que gracias al auge de la comunicación internacional, se ha ido consolidando como profesión y disciplina a nivel mundial, viéndose obligada a repensar las claves para generar comunicación entre la pluralidad de lenguas y culturas.
Continúa con un repaso de la terminología y las teorías con las que se concibe la traducción, para no olvidar que en ella siempre están en juego lo objetivo y lo subjetivo (el hablante se expresa con una peculiaridad que no se reduce a los elementos objetivos de la lengua), lo propio y lo ajeno (cualquier buena traducción nunca deja ni al autor ni al lector donde estaban sino que intenta que vayan al encuentro uno de otro), lo hablado y lo escrito (lo hablado es efímero, pero enraizado en un contexto vital; lo escrito es firme y fijo, pero ajeno a las circunstancias de referencia) y lo que se dice y lo que se hace (el lenguaje tiene en las acciones su sentido preciso, evitando ambigüedades).
Todo ello para entender el complejo fenómeno de la traducción, que no se limita a una mediación lingüística, sino que ha de incluir una cierta visión histórica, cultural y social.
Para terminar el capítulo, un recorrido por los rasgos que definen una profesión y las diferentes situaciones y modalidades laborales en las que se ejerce hoy, con objeto de reflexionar sobre los avances y dificultades en el proceso de profesionalización, así como en la responsabilidad del traductor en el ejercicio de dicha actividad.
Traducir e interpretar son sin duda un servicio específico a la sociedad que necesita de forma recurrente, entenderse entre lenguas diferentes. Para su reconocimiento y consolidación profesional, se tienen que ir propiciando las condiciones que favorezcan la capacitación teórica y práctica, dedicación y competencia adquirida.
Hoy, sigue habiendo demasiados recelos hacia los “competidores”, pero no es su eliminación lo que hará avanzar la profesionalización de la traducción y la interpretación, sino el ir haciendo cada vez mejor el propio oficio.

Capítulo 3: El buen hacer profesional de traductores e intérpretesPara poder cuestionar las actuaciones profesionales de traductores e intérpretes es necesario examinarlas a la luz de la Ética. Por ello, en los tres capítulos siguientes se abordan los principios fundamentales de la Ética profesional.
En el capítulo tercero, el principio del buen hacer profesional a la luz de las Éticas de bienes (fines) o teleológicas: existen diferentes criterios, según el contexto, a la hora de juzgar las acciones humanas y una pluralidad de actividades y fines o bienes que deben integrarse en un bien global (Utilitarismo/Éticas de la vida buena).
La ética profesional del traductor va más allá de proponer a los profesionales una contribución competente y responsable al bien interno de la profesión (facilitar la comunicación a través de barreras lingüísticas). No basta con limitarse a hacer bien lo que saben hacer.
Traducir, rara vez consiste solo en traducir. Es casi siempre una actividad integrada en otra actividad o al servicio de la misma, y el traductor no puede limitarse a poner su competencia técnica al servicio de cualquier fin y desentenderse de lo que hacen otros con sus contribuciones profesionales.
Los fines de la traducción serán buenos si contribuyen a alcanzar mejor los fines de las actividades a las que está subordinada. Solo cabría aprobar aquellas actuaciones profesionales que contribuyan a promover una vida humana digna y plena de todos los afectados por dicha actuación.
En este sentido, es aconsejable ir catalogando las situaciones, los temas, los conflictos y los modos de abordarlos y de resolverlos.
Capítulo 4: El deber de respetar a las personas, su dignidad y derechos
No podemos olvidar que los beneficiarios de los servicios profesionales son personas con derechos, dignidad y autonomía que deben ser respetados en cualquier circunstancia profesional y tenidos en cuenta para todo lo que les afecte. Por ello, al principio del buen hacer profesional hay que añadir el principio de respeto a la luz de las Éticas deontológicas.
Ambos principios pueden¸ en ocasiones, entrar en conflicto, pero hay que compatibilizarlos de la mejor manera posible. Es bueno que el traductor y el intérprete caigan en la cuenta de que tienen y ejercen un poder que ni el autor ni el lector tienen. El autor no puede hacer comprender su texto a quien no conoce su lengua, y algo semejante sucede con el lector, los dos necesitan del traductor para comunicarse.
Los traductores e intérpretes, como cualquier otro profesional con acceso a información privada de la vida de otras personas, están obligados a guardarla en secreto. Tampoco deben sacar provecho de ninguna información confidencial, mientras no se haga pública aunque hayan cesado sus relaciones contractuales, laborales o institucionales.
Los profesionales de la traducción tienen los mismos derechos que cualquier persona, especialmente el derecho o libertad de conciencia. En lo laboral y patrimonial tienen los mismos derechos que todo trabajador intelectual.
Capítulo 5: El sentido social y justicia del traductor
Se trata ahora el tercer principio que debe regir la Ética profesional: el principio de justicia y sentido social, para poder percibir las implicaciones sociales de las actuaciones profesionales. Para ello, los profesionales deben tener además de una comprensión específica e interna de lo que es su profesión, una comprensión de lo que su profesión significa y aporta al conjunto de la sociedad.
Augusto Hortal afirma que la justicia y la injusticia como la bondad o maldad ética, no están solo ni principalmente en el texto, sino en lo que se hace con él al traducirlo, al servicio de qué fines se pone la actuación del traductor o intérprete.
La responsabilidad social del traductor no se acaba en la actividad de traducir bien (1er principio) sino que abarca también las actividades sociales afectadas por dicha traducción y su contribución justa al bien común, según unos criterios de justicia: respetar y promover los derechos humanos (2º principio); cumplir los compromisos contractuales; tomar en consideración las leyes como lugar de encuentro de los derechos e intereses legítimos de todos; tener en cuenta los méritos profesionales para el acceso a determinados puestos y para el reconocimiento social; y participar proporcionalmente en las cargas y beneficios sociales.
Es bueno, por tanto, que los traductores sean críticos y conscientes de las exigencias a las que se someten cuando se les encarga una traducción: no pueden desentenderse ni cerrar los ojos a lo que están prestando su colaboración, pero tampoco sentirse protagonistas últimos y decisivos de lo que se hace con su trabajo. Es importante también, que el traductor no olvide el lugar desde el que ejerce su actividad profesional, ya que sus compromisos, deberes y obligaciones varían en función de la situación laboral en la que se encuentra.
Los traductores e intérpretes contribuyen a promover una sociedad más justa y solidaria mediante su contribución al buen entendimiento, más allá de los límites de la propia lengua. Sin ser políticos, ni legisladores, ni diplomáticos, ni jueces, ni empresarios, ni… facilitan su labor, al participar en acciones que necesitan traductores o intérpretes.

Capítulo 6: Deontología y Códigos deontológicos
Hablamos de Deontología cuando la Ética profesional queda plasmada en un texto escrito, aprobado y refrendado por el colectivo profesional, pero los deberes éticos para ser vinculantes no necesitan estar escritos.
La Deontología como norma, solo exige o prohíbe actuaciones, no entra en las intenciones ni en las motivaciones, al contrario que la Ética. Ambas pueden coincidir en muchas normas exigibles y deberes universales, que al plasmarse por escrito no tendrían que dejar de plantear temas nuevos y revisar los ya formulados. Pueden surgir nuevos planteamientos, circunstancias, contextos que merecerán nuevas reflexiones, acuerdos y normas.
El Juramento Jeronímico explicita y articula el compromiso de los traductores profesionales hacia valores necesarios para promover comportamientos éticos en el ejercicio de la profesión como: lealtad hacia la profesión, entendimiento y comprensión, verdad, claridad, fiabilidad y veracidad de sus textos, justicia y búsqueda de la excelencia. Pero el valor fundamental de la Ética del traductor es la confianza, presente en el trasfondo de todos los compromisos, y que es preciso ganar, haciéndose digno de ella.
Los códigos deontológicos no deberían ser cerrados y debieran tener en cuenta su compromiso con la profesión y con la sociedad, así como unas normas precisas y unas orientaciones éticas. Tendrían que incluir una descripción de la práctica profesional y de su bien interno, una reflexión de los criterios y normas sobre quién es profesional y quién no, de los criterios para diferenciar las buenas de las malas prácticas, un apartado sobre deberes profesionales (con la profesión y la sociedad), una lista de derechos y un último apartado sobre la organización interna del colegio profesional.

Conclusión


El traductor ético es el que actuando bien se ha ido haciendo éticamente bueno, profesional, competente y responsable, respetuoso con la dignidad de las personas, con sentido social, justo y humano.

Tal vez, sea visto como alguien que no es ni totalmente de aquí ni totalmente de allá. Sin embargo, merecería ser un personaje representativo de nuestra cultura. Él es un mediador entre culturas, debe penetrarlas en extensión y profundidad, asimilar su historia y su espíritu para osar pasar de la una a la otra sin peligro de traicionar su propia impronta.
La única garantía de acierto para una buena traducción la ofrecen las virtudes del traductor: profesionalidad, fidelidad o lealtad y humanidad. Son como vasos comunicantes: quien tiene una, tiene todas. Eso convierte a la persona del traductor en la clave de la traducción.

Comentario



Debido a la implantación de los estudios universitarios de traducción e interpretación se ha producido en los últimos años un crecimiento en la profesionalización de dicha actividad. El libro de Augusto Hortal Ética profesional de traductores e intérpretes pretende contribuir a la formación de los profesionales presentes y futuros. No enseña cómo traducir, la historia de la actividad traductora o las distintas teorías de la traducción; pretende, sin embargo, acercar los planteamientos de la ética profesional para que los responsables de las traducciones sean conscientes de su responsabilidad. Trabajo, sin duda, útil para todo el que algún día quiera ser, no solo un buen traductor, sino también un traductor bueno.