Teoría de la traducción
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Año: 2001
Autor: Mariano García Landa.
Idioma: Español
Editorial: Diputación de Soria. Colección Vertere. Monográficos de la revista Hermeneus
Nº de Páginas: 453
ISBN: 84-95099-36-5
Por Teresa Benito Carrión
INTRODUCCIÓN
Mariano García Landa nos describe diferentes aspectos sobre la traducción, conduciéndonos al final a una simple conclusión: traducir es hablar para redecir lo ya dicho.
Para llegar a esta conclusión, el autor va analizando diferentes puntos de vista y va proponiendo diferentes teorías, como la teoría del habla en la que está basada la traducción (como veremos más adelante).
Su libro va a estar dividido en tres partes o capítulos principales, los cuales, a su vez, se dividirán en subapartados, que iremos resumiendo a medida que analizamos cada capítulo.
El libro en general se va a centrar en la teoría del habla, la cual va siendo relacionando con la teoría de la traducción, que es, a fin de cuentas, tras la que va el autor.
PARTE 1 Primera aproximación a la teoría de la traducción y sus resonancias
Al comienzo del primer subapartado el autor va a crear un contexto histórico para la traducción del siglo XX. Afirma que durante toda la historia se ha dado el proceso de traducción: hablada y escrita-una vez que se descubrió la escritura-. La importancia de la profesión de traducir comienza a partir de las guerras mundiales del siglo XX que implican la confluencia de muchas las lenguas. Por ejemplo, la interpretación en los juicios de Núremberg para juzgar a los criminales de guerra alemanes.
Más avanzado el capítulo, argumenta que la traducción a diferencia de la medicina, por ejemplo, no tiene una base empírica. Sin embargo, cualquiera podría ejercer de traductor o intérprete ya que no hay título para acreditarlo. Para vigilar esto se han creado escuelas, como la Escuela de Intérpretes de Ginebra (1942).
El segundo apartado de este primer capítulo se centra en el prejuicio milenario de la traducción. Dicho prejuicio se basa en afirmar que la traducción consiste en cambiar una palabra por otra. Lo peor es que la gente no tiene esto como una idea, sino como una creencia, las cuales se diferencian de las anteriores en que no nos damos cuenta de ellas. Es decir, que las víctimas de este prejuicio no pueden corregir su error porque no se dan cuenta de que lo padecen. Por lo tanto, este “virus” sigue invicto. Más adelante el autor nos pone varios ejemplos de victimas del prejuicio. Por un lado encontramos a Catford quien, al observar que no puede traducir la expresión inglesa “I’ve arrived” a su misma forma en ruso porque no coinciden totalmente, declara que es imposible su traducción; sin darse cuenta que puede ser traducido de varias maneras si no lo traducimos literalmente. Otro caso es el de Ludskanov. Afirma que la traducción es la transformación de los símbolos de un código por los de otro código preservando la información en relación a lo dicho. Pero a la hora de comparar un grafexto traducido con el original, vemos que los símbolos son distintos ya que por ejemplo, unos son españoles y otros ingleses.
El autor nos urge a darnos cuenta de que traducir es hablar para re-decir lo que ya está dicho, que traducir (como dice el prejuicio milenario) no consiste en cambiar unas palabras por otras. Sin embargo, hay algo todavía peor: el hecho de que no sabemos lo que es el habla, a la que solemos confundir con el leguaje o la lengua. Ese es otro error también milenario: creer que la realidad del lenguaje está en el texto escrito y no en la persona que recibe esa información (ya sea cuando escucha o cuando lee). Este error todavía nos persigue hoy en día como afirma el autor. Nos impide ver la realidad del habla y por tanto del habla traductora porque, como ya se ha dicho, traducir es hablar para redecir lo ya dicho.
En el subapartado tercero de esta primera parte el autor comienza enunciando que la traducción literal no existe, y que si cada traductor tuviese que traducir libremente, los resultados serían seguramente mejores.
No se debe traducir literalmente a menos que se conozca el idioma de origen al que se va a traducir porque los resultados pueden ser desastrosos. Aun así, es mucho mejor traducir con libertad, sin regirse por nada que nos condicione.
Más adentrado el capítulo, el autor nos menciona la “cadacualsuidad”. Cada persona, por ejemplo un traductor, tiene su propio sentido. Y ese sentido significa comprenderse a sí mismo. Pero se comete el error de “individualizar” la vida humana, diciendo que cada uno tiene la suya. Hay que admitir rotundamente que la auto-comprensión es imposible sin las relaciones sociales que se manifiestan en el acto del habla. En definitiva, como conclusión de este capítulo diremos que la literalidad es una forma errónea de traducir. Hay que acabar con el prejuicio milenario y hacer ver que el traductor e intérprete debe de ser libre a la hora de traducir para dar unos mejores resultados.
El subapartado cuarto es probablemente uno de los más importantes del libro ya que en él se da la primera definición de la teoría de la traducción y la teoría del habla, a saber: la teoría de la traducción consiste en dos operaciones, la primera, un modelo del acto del habla, y un modelo de la traducción, que consiste en dos actos de habla sucesivos. Esta es la idea principal en la que se resume el capítulo que será explicada a medida que avanza el libro.
Pasamos al subapartado quinto dentro de la primera parte. El autor empieza a realizar una primera visión de la teoría del habla. Primeramente se centra en la teoría general de la comunicación. El habla es la primera y principal comunicación humana y todas las demás son derivadas de ella. El habla es un proceso de comunicación inicial, origen de la demás posibilidades de comunicación. Para comunicarnos los humanos debemos relacionarnos, aunque realmente estamos día y noche conectados en una especie de red social mundial. Así, la teoría de traducción, al igual que la teoría del habla, nos ofrece una nueva visión del lenguaje. La define como una actividad comunicativa por signos. Por lo tanto vemos como entra aquí en juego lo que llamamos comunicación sígnica en la que se da la creación de percepciones hablísticas, que son las percepciones que percibimos, analizamos y comprendemos cuando nos llega un mensaje, ya sea hablado o escrito.
Como conclusión a esta idea expuesta por el autor: la comunicación es un fenómeno perceptual y como tal, situado en un momento y tiempo determinado.
A mitad del capítulo el escritor se centra más a fondo en la teoría de la traducción y la divide en dos puntos teóricos: El primero, el modelo del acto del habla que modela lo que pasa en todo hablar, que la define como la propia percepción que quiere transmitir el emisor y la percepción propia que se crea el interlocutor cuando comprende lo que el emisor quiso decir. Segundo: el modelo del habla traductora que consiste en un primer acto del habla en el que un hablante produce una serie de signos y un segundo acto en el que un segundo hablante produce las mismas percepciones hablísticas mediante otro sistema de signos.
Como última parte del subapartado el escritor nos habla de otra característica de la teoría de la traducción: el uso de una escritura matética. Es decir, una variante de la escritura general que consiste en adoptar reglas rigurosas y emplear solo símbolos para un número limitado y determinado de conceptos.
En el subapartado seis Mariano García Landa enfoca su punto de mira sobre el sentido y la hermenéutica. Comienza explicando la historia del sentido. Para comprender esta historia debemos volver atrás en el tiempo porque, las ciencias sociales que tratan la vida humana (como el habla y la traducción) deben tener en cuenta lo dicho por generaciones pasadas; no como las ciencias naturales. Para seguir esta historia del sentido va a ir paralelamente analizando la historia de la hermenéutica, empezando con la hermenéutica jurídica romana. En la antigüedad el miedo al texto hacía ceñirse a los jueces y abogados a una traducción literal. Hasta que Celsius, se puso en contra. Más adelante, dentro del derecho inglés, no se sabía diferenciar si el sentido del texto estaba en el querer decir de la persona o si el propio texto podía desarrollar su propio sentido. Por ello, se empezó a construir la teoría de la interpretación la cual nos lleva a la proposición de cuatro métodos para encontrar el sentido, a saber: el método gramatical (centrado en la sintaxis), el método lógico (sacar deducciones dentro del propio texto), el método histórico (situación social) y el sistémico (que coloca el sentido en relación con las instituciones que lo determinan).
Otras dos hermenéuticas citadas en el libro son: la escuela hermenéutica protestante, que se da en la época del Luteranismo y que reivindicaba a la iglesia la libre interpretación de la biblia y la literaria. Todas las escuelas hermenéuticas (religiosa, jurídica y literaria) tienen en común la estructura conceptual: escuchar y comprender discursos o leer escrituras no es un proceso mecánico.
En la época de las hermenéuticas encontramos a Herman Francke, quien declara que todo lo que dicen los hombres está lleno de un “affectus” que sale del alma y se esconde en el texto, y aquel que interprete ese texto debe intentar saber cuál es ese alma. Por lo tanto podemos concluir este subapartado como dice el autor: la comprensión de las intenciones del otro es la materia prima de las ciencias sociales y por tanto de la traducción e interpretación.
Llegamos así al séptimo apartado. Presenta brevemente una historia dividida en dos partes sobre la teoría de la traducción. Esas dos partes son: por un lado la posición, vista desde la teoría del sentido de la escuela de París. Dicha teoría presenta al sentido como producto de un acto del habla. Y a la traducción como la coexistencia de dos actos del habla que comparten el mismo sentido. Es decir, el “sentido” como la interpretación de lo que se quiere decir, siendo un proceso no natural o científico.
La otra parte es la contraposición, creada entre los años 70 y 80. Acusa a la escuela de París por afirmar que la “la teoría del sentido” no es científica. Los que secundan esta idea creen que el sentido en que se basa todo habla (incluida la traductora) es un proceso natural y cerebral. Esta tendencia científica prefiere la investigación concreta sin modelos preconcebidos (aunque eso es imposible porque todo programa de investigación tiene ideas preconcebidas). Al final, el autor nos invita a comenzar con el análisis de la interpretación, hecho que está más relacionado con la comprensión, el sentido y la re expresión del texto, que es, en definitiva, lo que se entiende por traducción.
En el penúltimo subapartado de este primer capítulo, Mariano García Landa expone las ideas expresadas por Cecilia Wadesnjö, una intérprete dialógica. A medida que nos adentramos en la lectura el autor va exponiendo aspectos afirmados por esta intérprete que coinciden con los suyos propios. Ambos afirman que hasta la fecha, prácticamente, la traducción se ha basado únicamente en un concepto que no va más allá del texto y la relación existente entre el texto original y su traducción. Ellos postulan que la verdadera traducción (o interpretación en sus casos) es aquella que relaciona al intérprete con la persona que necesita esa interpretación. Y esa relación aparece como una mediación. Sin embargo, aunque las conclusiones del escritor van a dar al mismo lado, llega a ellas de diferente manera. En conclusión: ambos creen en lo mismo: en la mediación y el sentido. Lo que Cecilia Wadesnjö llama mediación, el autor se refiere a ello como sentido.
En el último subapartado de esta primera parte se diferencian a su vez dos partes. En la primera el autor menciona a Sandra Halverson, quien considera que la traducción debe explicar la equivalencia, por ejemplo entre dos textos. García Landa coincide con ella en dicha declaración.
En la segunda parte vemos otro problema expuesto por Halverson: la incertidumbre ante el concepto de traducción, es decir, todavía no podemos decir con claridad que un grafexto es traducción del texto original.
Como resumen de esta primera parte que engloba estos nueve subapartados podemos decir que la importancia de la traducción aumenta en el siglo XX con la confluencia de todos los países y lenguas. Este aumento de importancia hace que la reflexión sobre ella crezca y se van creando diferente teorías, muchas de ellas basadas en el prejuicio milenario que debemos evitar. Entonces llegamos a la conclusión de que la traducción es un acto de habla que consiste en manipular signos para crear percepciones hablísticas.
Parte 2 Las resonancias de la teoría de la traducción
Esta segunda parte está divida en tres subapartados que se van a centrar en el habla, en tratar de explicar su relación con la traducción. Empezamos entonces a resumir estos tres subapartados.
En el primer apartado el autor nos habla de la historia del habla. Comienza afirmando que todo aquello que decimos, debe situarse en un contexto. Un contexto social, en el que los individuos utilicen sistemas de signos para crear percepciones hablísticas transmitiéndose así mensajes. Por lo tanto podemos afirmar que la traducción, debido a su estrecha relación con el habla, es un acto social que actúa en un campo social determinado.
La traducción, dice el autor, ha sido considerada siempre como un hecho aislado. Por eso él va a colocarla en tres círculos contextuales. El primero de ellos es su relación con el habla; ya que traducir es hablar. Debido a esta equiparación, y al ser un acto social, la traducción tiene una historia (segundo círculo). Estudiar su historia y adaptación hoy día es el tercer y último círculo contextual donde colocamos a la traducción. Una vez situada la traducción en un contexto el autor pasa a hacer tres diferenciaciones dentro de la teoría de la misma: la primera el sistema de signos. La segunda el sistema de signos de cada acto de habla y la tercera: los fenómenos que ocurren en cada acto del habla.
Tras esta “introducción” García Landa se centra más en lo relacionado con el habla. Nos presenta tres formas del habla con la intención de hacernos entender «esa extraña realidad» como el mismo dice. En primer lugar hace una comparación entre la radio y el habla. Presenta a esta última como una sarta de ruidos vocálicos, que se van transformando en nuestros oídos en percepciones, visiones, palabras, etc.
En segundo lugar está la idea de que hablar es producir percepciones en quien escucha al emisor. Y finalmente, la última forma para mostrarnos qué es el habla la presenta mediante el ejemplo de un niño llamado Víctor que fue abandonado siendo bebé en el bosque, donde se crió hasta que lo rescataron varios años después. Víctor sufrió una transformación irreversible en su capacidad para percibir percepciones, que ya no pudo desarrollar cuando fue encontrado. Por todo ello no pudo entrar en la realidad humana, es decir en la sociedad. Víctor, l’enfant sauvage d’Averlyon no pudo aprender a hablar por lo que no pudo convertirse en humano. De este ejemplo concluimos que el habla es un acto social que se desarrolla en una situación social y que fuera de ella, es inservible (tercera definición).
A mitad del capítulo, el autor encuentra otra manera de explicar el habla. En este caso tratará de hacérnosla entender desde la historia, con la teoría y evolución sufrida desde el Big Bang que dividiría la historia del habla en tres etapas o explosiones. La primera etapa se da tras el Big Bang donde aparecen los primeros actos del habla que se consideran como ruidos bucales que comunican mensajes sencillos entre los miembros de un grupo. La segunda explosión fue hace 40.000 años. Se produjo el descenso de la laringe, que parece ser la causa del comienzo de los ruidos vocálicos limpios. La última gran explosión fue la creación de la escritura. Lo más importante de esta época es la constancia de la presencia de la traducción debido a la multiplicidad de lenguas. A partir de esta tercera etapa se van contando más testificaciones. La primera en Grecia que acaba con la decadencia romana. La segunda en el siglo XII, que se amplía con la imprenta y que llega hasta nuestros días. El problema de esta testificación masiva es la transformación del habla oral en escrita. Y los causantes de esa sociedad somos las personas, como declara el autor. El inconveniente de la escritura con el que García Landa cierra este capítulo: “la escritura ha ocultado la verdad del habla bajo la máscara del signo”.
Al final del capítulo decide, por un lado, analizar uno de los baluartes de la teoría de la traducción: la afirmación de que no hay nada en la mente que no haya estado antes en la experiencia. Por el otro, analiza la obra de Walter Ong, sacando como conclusión que existen dos tipos de habla: la oral y la escrita. Una de ellas es utilizada por el intérprete, que establece un vínculo dialógico en una situación social.
En definitiva, vemos como el habla puede ser explicada de muchas maneras. A través de la historia, de simples comparaciones, etc.
Pasamos así al segundo subapartado de este segundo capítulo. Se va a centrar en un principio en el campo de la filosofía. En su intención por la búsqueda del lenguaje. Su panorámica se va a dividir en dos etapas. En primer lugar la etapa anglosajona, donde destaca la figura del ingeniero austriaco Wittgenstein, quien hace tres declaraciones para solucionar el problema del “lenguaje”. La primera declaración es que el lenguaje es un mero sistema de signos. La segunda es la afirmación de que el sentido de una palabra se encuentra en el habla. Y la tercera es la afirmación de que todos los actos del habla se celebran en un lugar social concreto en un tiempo también concreto, donde una serie de normas rigen el comportamiento de los actores.
Además uno de los discípulos de Wittgenstein, John Austin postuló que el lenguaje, no solo transmitía mensajes sino que tenía efectos sociales o intencionales en la persona del otro o la sociedad.
Más tarde, en 1949 Gilbert Ryle afirma que el mensaje del lenguaje es demasiado complicado como para intentar reducirlo a la lógica, y que no puede haber una teoría general del llamado “lenguaje”.
La otra etapa es la alemana. Cree que antes de buscar una explicación para los conocimientos hay que saber qué es la vida humana, para lo cual recurrimos al lenguaje. Pero para saber lo que es el lenguaje hay que recurrir a la hermenéutica.
Dejando de lado estas dos vertientes, el autor se va a centrar ahora en lo que él llama el primer y el segundo objeto. Para tratar de explicarnos su naturaleza va a hacer tres partes o fases. En la primera fase nos explica que estamos en la antigüedad, en la que se crean deducciones y teoremas pero en la que el objeto de estudio todavía no existe. La segunda fase comienza mil años después cuando ya sabemos que hay un objeto que estudiar. A partir del libro “Principios matemáticos de filosofía natural” de Isaac Newton se empieza a crear el primer objeto de estudio, que son las ciencias naturales, o como las denomina el escritor: Primer objeto. En la tercera etapa, aparece el segundo objeto: la vida humana. Esta tercera fase, explica el autor, tiene como objetivo crear las percepciones hablísticas que nos permitan ver la realidad de esa vida humana. Existen muchos modelos sobre el segundo objeto: el general, modelo idealista modelo marxista, etc.
El autor del libro quiere exponer su idea de encontrar el fundamento de las ciencias sociales y cuál es el resultado actual. Para ello distingue dos fases.
En la primera fase el autor va a exponer ideas de Heidegger, quien afirma que los seres humanos no somos fundamentalmente sujetos con estados mentales dirigidos hacia objetos mundanos, sino que somos una actividad con una preocupación. Esta preocupación se desarrolla en un ámbito público. El uno-mismo y el mundo crean una sola entidad, la vida humana (o segundo objeto). Nuestras relaciones con cosas y personas son relaciones prácticas. El verdadero concepto de la teoría de Heidegger se esconde tras el habla. Si no podemos hablar, no podemos entrar en ese “batiburrillo” que es la vida humana. Esto nos conduce a la segunda parte.
La segunda parte comienza con el lenguaje, que es lo que llamamos realidad social, que es, a su vez, la vida humana. Esta realidad social es el habla, que presenta a los humanos enfrentados unos con otros, no frente a objetos. Por lo tanto, como dice el autor: la vida humana se crea en los actos del habla. La comunicación es un fenómeno objetivo social por eso distinguimos las percepciones hablísticas de las naturales, como explicará el escritor en la tercera parte de su libro. En definitiva podemos argumentar como conclusión que quien entiende el habla, entiende la vida humana.
Por otro lado, los hechos naturales surgen por casualidad. Sin embargo en la vida social lo hacemos con intenciones, que tenemos que interpretarlas, es decir, conocer cómo es la cultura de la persona, sus saberes, normas etc. Por todo esto declara el escritor que el modelo del acto del habla es el modelo general del segundo Objeto.
Más avanzado el capítulo García Landa se dispone a realizar una diferenciación entre los hechos sociales y las realidades sociales. Según él, los hechos sociales son comportamientos colectivos. Hay una subclase de hechos sociales que se caracterizan por ser el resultado de una imposición de funciones a objetos que no podrían desempeñarlas con sus características físicas. Y pone el ejemplo de la atribución de la función defensiva a un conjunto de piedras (un ser inanimado) que crean una muralla. Las instituciones sociales son un subgrupo del de los hechos sociales, que cuentan con seis principios serlianos (creados por Searle).
El primero es el de la auto-referencia. Las instituciones sociales son lo que son porque los actores las consideran como tal. El segundo: La prioridad lógica de los hechos naturales sobre los hechos institucionales. El tercero El principio de las relaciones sistémicas entre hechos institucionales, que no se presentan solos sino relacionados unos con otros. El cuarto: Principio de la primacía del acto sobre el objeto: los objetos sociales no se presentan aislados como los naturales. El quinto: muchas instituciones sociales son producidas y mantenidas por actos performativos de habla. Y el último: el lenguaje desempeña un papel muy importante en la creación de instituciones sociales gracias a sus dispositivos simbólicos como las palabras, que simbolizan algo más allá de ellas mismas. Con este último principio podemos relacionar la importancia del lenguaje como constituyente de la realidad social. En definitiva, como conclusión a esto dice el autor que la realidad social de la vida humana, se produce en los actos del habla.
A finales del capítulo el autor comienza a hablar de los hechos ontológicos fundamentales. Cree que la realidad social, merece que se le reconozca y se le otorgue una categoría óntica propia. Para ello se va a basar en el concepto de injetividad, considerando los hechos ónticos de los artefactos y la convivencia. Los artefactos son los que dominan la sociedad actual, instrumentos industriales que convierten la sociedad en un mundo artificial. La convivencia, que es el segundo hecho óntico, proclama que los seres humanos vivimos desde siempre en una red de relaciones con otros humanos. Esas relaciones son los actos del habla.
Estos dos hechos ontológicos llevan al escritor a postular la existencia de una realidad injetiva, es decir, virtual. O dicho de otra manera, realidades sociales que existen a su manera. Por lo tanto, el autor propone una distinción clara: la realidad social no es subjetiva ni objetiva, sino injetiva.
Tras todo esto y conclusión a este subapartado, el autor expone los ocho principios epistemológicos del segundo objeto que resumidamente nos relatan que la diferencia entre el primer y segundo Objeto es categorial, que el segundo Objeto no es un fenómeno natural sino social que se desarrolla en situaciones sociales por actores sociales donde cada uno vive la vida a su manera (principio de cadacualsuidad), siguiendo una cotidianeidad. Esto constituye el primer principio de la teoría del habla y la traducción.
Llegamos así al último subapartado de esta segunda parte. Nada más empezar el subapartado, el autor declara firmemente que, en la actualidad, rige el reino de la traducción, debido a la convivencia de todas las lenguas e historias. Pero el autor no pretende mirar al pasado sino a la historia contemporánea, una historia que está sufriendo la globalización. Debido a este proceso los países del mundo se están conectando cada vez más y por ello expone el autor que dependemos de la traducción. Tras exponer esta idea, se centra en analizar la tesis de Barraclough.
En ella se enuncia que en la historia se trata de definir las transformaciones estructurales y colocarlas en un nuevo marco de referencia. Lo que le interesa es ver surgir el nuevo mundo. Barraclough va narrando poco a poco la historia contemporánea (La caída de Europa, el despertar de los pueblos colonizados, etc.) Y así, explica García Landa, que llega a la conclusión de que la vida humana es “histórica”, donde existe una tensión entre el futuro y el pasado. Y donde, tras todos los acontecimientos históricos, nace un «nuevo mundo», el cual tiene un “alma” y unas creencias. Este nuevo mundo comienza entre 1770 y 1830, entre las grandes revoluciones, que duran incluso hasta hoy en día.
Y como reitera más adelante, la teoría de la traducción servirá para explicar el alma de este nuevo mundo, también llamado por él Republica de la Traducción.
Sin dejar de lado el alma de la traducción, el escritor más tarde nos explica que la realidad no existe, sino que es el hombre quien la crea. El hombre no tiene ni es naturaleza (según Sartre) sino que es pura y mera historia, su propio proyecto. Y por tanto el autor deduce, acorde con el principio de “libertad /responsabilidad” que el hombre es responsable de esa realidad que crea, y eso es la libertad. Esto es en comparación con el mundo antiguo, algo totalmente distinto, según aclara al autor, ya que los antiguos creían que era algo sobrehumano lo que creaba la vida.
Al final del subapartado el escritor nos va a hablar de la moral del Nuevo Mundo, que va a estar dividida en dos etapas. La primera etapa va a ser aquella en la que el hombre va a tratar de negar su naturaleza, lo natural, lo animal. En la segunda etapa, el hombre se encuentra viviendo en una sociedad industrial y corresponde con la vuelta a lo animal.
Así concluye esta segunda parte subdividida en tres subapartados.

Parte 3. Teoría del habla y del habla traductora
Pasamos así a la tercera y última parte del libro de García Landa, la cual va a estar subdividida en nueve subapartados.
En el primer subapartado va a estar dividido en dos partes. La primera se va a encargar de resumir las ideas esenciales de la teoría del habla, y en la segunda se van a explicar las veintiséis definiciones de los símbolos de dicha teoría.
Empecemos por la primera, donde el escritor presenta esas ideas sobre el habla. Estas ideas fundamentales son:
Primero: traducir es redecir lo ya dicho. La segunda: El habla es un sistema perceptual de segundo grado que produce percepciones hablísticas. Esto sólo puede entenderse desde el habla traductora. Tercera: Los signos y sus significados solo existen cuando están dentro de un acto de habla. Cuarto: El principio de identidad también se aplica a las percepciones hablísticas. Quinto: Todo lo dicho con los signos de un sistema puede ser dicho con otros signos del mismo sistema (principio de repetitividad de lo dicho). Sexta: El acto del habla es un acto social. Séptimo: El modelo del acto del habla distingue: el nivel sígnico y el sénsico, siendo este último el más importante. Ocho: El habla produce el Segundo Objeto, o realidad social, que es injetiva o virtual. Y décimo: La base de la teoría del habla es la interpretación, que nos muestra que traducir es hablar y que el sentido solo se muestra dentro de un contexto.
En la segunda parte el escritor nos habla de las definiciones de los símbolos, e iremos explicando brevemente los más importantes. Símbolo [D]: representa el acto del habla oral o escrito. Dentro de la traducción [Do] es la lengua del orador y [Di] la del intérprete. || Símbolo [F]: Unidad que se percibe después de la comprensión de lo dicho.|| Símbolo [ɸ]: es la totalidad de estructuras lingüísticas que producen percepciones hablísticas. ||Símbolo [X]: estructura fono-morfo-léxico-sintáctica de la cadena.|| Símbolo [J]: registro social de la lengua del orador.|| Símbolo [“o”]: lengua del orador y la del autor del “texto original”.|| Símbolo [“i”]: lengua del intérprete. || Símbolo [L]: sistema de signos y reglas de la lengua.|| Símbolo [Q]: conjunto de registros posibles de una legua.|| Símbolo [EPHI]: espacio perceptual hablístico. El precepto que tiene el sujeto de la producción cuando se pone a hablar.|| Símbolo [EPHC]: Precepto producido por el sujeto de la comprensión, es decir, lo que se comprende. || Símbolo [K]: los conocimientos que tenemos sobre un tema.|| Símbolo [G]: situación social inmediata en la que se sitúa el acto del habla.|| Símbolo [M]: “mundillo” social al que pertenecen los hablantes.|| Símbolo [V]: plano del tiempo histórico que define el horizonte histórico donde se sitúa el acto del habla en un tiempo t. || Símbolo [=/=]: Indica el momento en que el intérprete o traductor han comprendido lo que van a querer decir.||
Así termina este primer subapartado explicándose además que todas estas definiciones tienen como objetivo simplificar la dicción.
El segundo subapartado va a estar narrado todo él desde la experiencia del autor, el cual quiere demostrar que la profesión que él ejerce (intérprete simultáneo) es la situación en la que se revela con toda claridad la realidad de lo que es traducir: hablar. El intérprete escucha a un orador y esto es ya un acto del habla. Más tarde, el intérprete pone en marcha un segundo acto del habla para comunicar esa percepción hablistica del primer orador. La interpretación simultánea tiene dos “características”, según el autor: el efecto de extrañeza y los errores de comprensión.
La primera de ellas significa que los intérpretes son los únicos hablantes que tienen que hablar, en su profesión, de cosas que no entienden. Pero sin duda lo importante para el autor es darse cuenta de que los intérpretes simultáneos comenten errores de cuatro tipos: Errores por falta de conocimiento completo de la lengua del orador; errores por falta de conocimiento temáticos o generales; errores por falta de conocimiento de la cultura del orador y errores por falta de conocimiento del “mundillo” [M].
Esta es la formulación del hecho empírico fundamental en que el escritor basa su teoría del habla traductora. De este hecho se deduce que la realidad del lenguaje no está en los signos sino en la realidad del habla, y ésta, en las acciones sociales.
El tercer subapartado es también bastante breve, al igual que el anterior. El autor ha decidido centrarse en el principio de Ricoeur, que declaró que «el sentido de una frase es diferente de la frase. Ese sentido puede ser transferido a otras frases y puede ser comprendido». De esta afirmación llega el autor a la conclusión de que la posibilidad de la comunicación supone, por ende, el de la traducción. Al final del subapartado el autor expone que en la ideas de Ricoeur encontramos todo el material conceptual para la teoría de la traducción, como el hecho de afirmar la existencia del principio de la repetibilidad de lo dicho (del que se hablará más tarde).
El subapartado cuarto de esta última parte se va a centrar en el análisis por parte del escritor del modelo del acto del habla de Saussure y en las críticas que realiza hacia la teoría saussureana y otras teorías naturalistas. Fernand Saussure fue el primero en crear un modelo del acto del habla. Para él, según nos explica el escritor, una persona piensa algo, un concepto, y percibe inmediatamente una imagen acústica que corresponde con ese concepto. La imagen es transformada en ondas acústicas que entran en los oídos del receptor, las cuales son transformadas en una imagen acústica que produce como resultado un concepto, que se supone que es el mismo que el que tuvo la primera persona.
Sin embargo, existe un problema con este modelo, ya que lo que le interesa es el sistema de la lengua, no del habla, para él el modelo opera con signos aislados, sin embargo con lo que realmente opera es con “ideas” complejas.
Por otro lado están las críticas a los modelos naturalistas, que colocan al acto del habla como un órgano solitario, no como algo social, capaz de comunicarse, fundamentalmente, porque vive en sociedad.
Para concluir el capítulo el escritor nos habla del modelo del acto del habla Wunderlich, uno de los más útiles y complejos en opinión del autor. Este personaje distingue entre emisión y acto del habla, y este último se sitúa en la fase de comprensión, es decir, en el receptor, no en el emisor.
El subapartado quinto vuelve a ser igualmente extenso como algunos de los anteriores. Y en él se nos presenta de nuevo la explicación del modelo del habla, esta vez más a fondo. García Landa comienza recordándonos el principio de la cadacualsuidad, y que el traducir es reproducir el sentido, y que los significados semánticos no existen sino que se crean. Esa realización es la verdad sobre el sentido del habla. Vuelve, además, a explicarnos el problema que surge con la escritura, la cual nos ha llevado al error de considerar que las lenguas y los significados son entes reales. Y por eso nos advierte que el ‘lenguaje’ es el habla, y esta son los actos del habla en los que se realiza el sentido. Y cada sentido es único para cada acto de habla (cadacualsuidad). Este principio explica la mediación, que consiste en pensar que en algunos casos el intérprete debe adaptarse a las circunstancias del caso, pero para comprender el traductor no solo necesita adaptarse sino otros aspectos, como el tema del que se habla, las creencias, etc.
Así pasamos al instante en que el autor nos expone los cinco momentos del modelo, dejándonos claro que lo esencial del modelo es el mensaje. El primer momento es aquel que explica que lo que el orador quiere decir es una idea que viene acompañada por una serie de representaciones mentales que forman parte de los conocimientos de los que voy a hablar. El segundo momento es aquel que explica que lo único que pasa de un actor a otro son ondas diferenciales de presión de aire. El tercer momento corresponde a la situación G, que supone que las percepciones hablísticas se producen entre actores sociales durante una ceremonia social, durante una situación social G, en un lugar y tiempo determinados. El cuarto momento es aquel en que las ondas acústicas llegan a los tímpanos producen el proceso de comprensión. Y el quinto y último momento, donde la cadena de signos [Fo] es el resultado de la interpretación que el hablante da de esa comprensión.
Llegamos a mediados del capítulo donde ahora el prosista va a hablar sobre las consideraciones generales del modelo. Empieza explicando que los signos, antes de ser usados por una persona real, no tienen sentido. Son una masa nebulosa de índole semántica. Solo creando las percepciones hablísticas llegan a tener sentido. Tras esto, nos presentará las diferencias entre las percepciones hablísticas y las naturales. Por un lado las percepciones naturales producen una representación mental acompañada por la conciencia de que es producida por algo exterior, por lo tanto la realidad física en la que vivimos es creada por las percepciones naturales. Esto sería el objeto y causa de dichas percepciones.
Sin embargo el objeto y causa de las percepciones hablisticas son distintos. Ahí radica una de sus diferencias. En las hablísticas hay un ser humano frente a otro. Su objeto es un proceso mental intencional que ocurre en un individuo que actúa en un acto social. Y su causa son las intenciones de ese individuo. Estas serían las diferencias entre las percepciones naturales y las hablísticas.
Así llegamos al final del capítulo donde se vuelve a recrear el principio de cadacualsuidad mediante lo que el autor expone. Él declara que la teoría del acto del habla no dice cómo hay que hablar porque eso depende de uno mismo, sino que solo dice lo que es el habla. No es un proceso normativo, sino ontológico. Sin embargo, sigue una serie de normas que son inconscientes y cada individuo interpreta las normas a su parecer.
Esto explica por qué cada hablante habla a su manera (principio de cadacualsuidad), al igual que el intérprete o el traductor.
El siguiente subapartado, el sexto, nos va a presentar el modelo del acto del habla escrito. El habla escrita, nos dice el autor, alude a la realidad total social que ocurre cuando un hablante trabaja produciendo unos garabatos en papel con la intención de decir algo. Sin embargo, nos explica el autor, que el habla escrita ha ido suplantando al habla oral a lo largo de la historia. Aunque, hay algo que las une, y es que ambas producen cadenas de signos. Además, en el habla escrita pasa lo mismo que le habla oral, salvo que en la primera la emisión y la comprensión tienen una separación temporal mayor.
El modelo del habla escrita tiene dos fases: una es el acto de escribir, algo que solo comprende el autor que escribe pero que se supone que llegara a ser comprendido por el lector. Y los actos de lectura, donde se produce el EPHC, o comprensión.
Séptimo subapartado: El autor nos va a explicar de nuevo el modelo del habla, pero del habla traductora, más concretamente. Afirma que el habla traductora se sostiene sabiendo que el modelo del habla analiza cómo se producen las percepciones hablísticas. Consiste básicamente en redecir lo ya dicho, bajo la fuerte presión de la adaptación a las circunstancias y requisitos del cliente. Básicamente para el modelo del habla traductora es la relación entre el primer y el segundo acto del habla. En este modelo no es necesaria la coincidencia de los signos (algo prácticamente imposible). Sólo es necesario que haya identidad de percepciones hablísticas, ya que sin ellos no habría comprensión, ni traducción (principio de libertad traductora).
El modelo del habla traductora, al igual que el modelo del habla no es normativo, ya que hablemos como hablemos el modelo dice lo que tiene que haber necesariamente en todo acto del habla traductora para poder considerarlo traducción. Además, el modelo de la traducción no presenta un mecanismo sino una actuación social; por lo tanto deberá incluir la mediación (adaptación a las circunstancias sociales).
A finales del capítulo se nos muestra una serie de teoremas sobre el habla traductora. Destacaremos el teorema de la literalidad y las desviaciones de la misma. Hablamos de literalidad si existe una identidad sénsica y unas semejanzas entre las dos estructuras semánticas. Si no se da la identidad, la literalidad será negativa.
Los dos últimos subapartados, que van a dar fin al libro, van a tratar los aspectos de la traducción y la interpretación. Por ello, aunque son aspectos diferentes, los explicaremos en el mismo resumen.
Con respectos a la traducción va a analizar una serie de relaciones que se van a dar dentro de dicho proceso. Primera: la relación EPHCi/EPHCo: Compara lo que el orador quiere decir con lo que el lector ha comprendido.
Segunda: relación Xm/Xn: compara las estructuras morfolexicosintácticas empleadas por el autor y el traductor.
Tercera: la relación Sm/Sn: compara el semantismo de la forma [Fo] con el semantismo de la forma Fi.
Pasamos ahora a la interpretación simultánea. En ella se va a aplicar el modelo del habla traductora. Como ya se ha mencionado, en la interpretación encontramos dos actos del habla: la comprensión de lo que dice el orador y lo que dice el intérprete a partir de esa comprensión. En este último subapartado el autor nos expone las fases de la interpretación: La Fase 1: el intérprete se concentra en la escucha y comprensión del orador; Fase 2: el intérprete se concentra en lo comprendido para intentar expresarlo en otra lengua; Fase 3: el intérprete inicia un sistema de fonación, una producción de ondas; Nueva fase 1: la atención del intérprete vuelve a la nueva serie de ondas acústicas y por último la Nueva fase 2 igual que la fase dos, y así sucesivamente. Vemos así como este proceso explica todo lo que se viene analizando en este libro: las percepciones hablísticas, los actos del habla, etc.
CONCLUSIÓN
Por todo ello y como conclusión a este interesante libro de Mariano García Landa, diremos que el problema del lenguaje ,que venía expuesto desde hace tanto tiempo, lo resuelve la teoría de la traducción afirmando que el lenguaje no existe; lo que en verdad existe es la vida humana. Y debemos recalcar, como hace el propio autor, que traducir no es pasar de una palabra a otra (prejuicio milenario) sino hablar para redecir lo ya dicho, mediante el acto del habla y las percepciones hablísticas, que producen la comprensión de las mismas en aquellos que nos escuchan. Y que todo esto es posible porque vivimos en un entorno social, donde nos relacionamos y nos comunicamos. Y el habla, es un acto de comunicación. Y la traducción un acto del habla. Aquí yacen las ideas fundamentales de este libro.