Problemas de la traducción

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Autores: Gerardo Gambolini, Gabriela Adamo, Sara Cohen, Guillermo Piro. Introducción de Luisa Borovsky.
Editorial: Libros del Rojas
Año de publicación: 2004
Idioma: español
Número de páginas: 92
IBSN-10: 9871075383
IBSN-13: 978-9871075386


Por Raquel González Requejo

Introducción


En este libro los autores no tratan de exponer una teoría sobre la traducción, sino que nos invitan a reflexionar a partir de su propia experiencia como traductores.

La traducción refleja el tipo de relación existente entre distintas culturas, “la idea que cada una tiene de sí misma y de lo ajeno”. Por ejemplo, algo que se critica en esta obra es la relación de sumisión que parece poseer Argentina frente a España en el ámbito de la traducción, puesto que es consideran que el español hablado en España es mucho mejor que el que se habla en Argentina, lo cual no siempre tiene por qué ser así, pues “no existe una única traducción adecuada para un texto”.
También se expone la idea de que el traductor debe tomar decisiones para provocar una lectura placentera, evitando todo tipo de traducción literal o forzada.

En este libro los autores nos hablarán de las preguntas que acuden a su mente cada vez que se enfrentan a un nuevo texto, así como de las diversas respuestas que pueden encontrar para estas, de su “incesante búsqueda para descubrir esa otra lengua, anterior a las lenguas nacionales, la que hace sentir al lector que dialoga e inventa de igual a igual con el autor”.
El primer apartado de la obra está escrito por Gerardo Gambolini, (Buenos Aires, 1955) traductor y poeta que ha publicado obras como Faro vacío (1983) o Atila y otros poemas (1999).


En el primer capítulo, La importancia de ser serio, refleja la idea de que un traductor siempre traiciona el texto original, pues es difícil descifrar lo que quería expresar exactamente el autor cuando escribió el texto original.
En el segundo capítulo, El canon, el autor explica los diferentes cambios que puede sufrir una traducción según quién la haya llevado a cabo, así como muestra ejemplos de algunas palabras o expresiones que han tenido una traducción demasiado literal y que no suenan bien en nuestro idioma (“el colegial que adivina cuántas bolitas tiene otro chico en la mano ‘acierta’ y no ‘triunfa’”).

En el tercer capítulo, Daño colateral, cuenta la anécdota de que su traducción de la obra Wartime fue completamente transformada por los editores españoles, criticando que estos mismos subestiman el español hablado en Argentina así como en las demás zonas de América del Sur.

En el capítulo El cisne de iberia, presenta algunos ejemplos de traducciones de fragmentos de Shakespeare realizadas por distintas personas, comparando unas con otras. También analiza las diferentes formas de traducir una misma palabra en un contexto diferente.

Finalmente, en el epílogo, Los Invasores, critica lo artificiales que llegan a ser algunas traducciones, poniendo como ejemplo un cartel que vio en el colegio de su hijo.

El segundo apartado está escrito por Gabriela Adamo, (Buenos Aires, 1970) licenciada en periodismo. Fue invitada para el taller de traductores del alemán organizado anualmente por el Literarisches Colloquium Berlin. Aprendió alemán en la infancia y se graduó con el título de bachillerato alemán, pero solo se dedicó a traducir a partir de 1997. Entre sus trabajos como traductora destacan El lobo estepario, de Herman Hesse o Las tortugas, de Veza Canetti.

En el primer capítulo, Todo podría ser diferente, explica que la traducción es una actividad muy ambigua, que puede sufrir notables cambios según por quién haya sido llevada a cabo y que, por muchas bases teóricas que se establezcan, estas no siempre pueden ser llevadas a la práctica.

En el segundo capítulo, La culpa es del traductor, expone que el problema principal de un traductor es elaborar un texto agradable para el lector a la vez que debe conservar la riqueza y el sentido del original. Hace mención a la "Escuela de Nabokov", según la que “la extranjeridad del ‘original’ debe percibirse en la nueva versión”, pero esta autora no defiende esto, pues argumenta que un texto que sea demasiado fiel al original no causaría buena impresión en los lectores a quienes va dirigida la traducción. También menciona que utilizando más el sentido común podrían evitarse muchos de los errores cometidos al traducir.

En el capítulo Brevísimo estado de situación nos habla de las variedades diatópicas de los diferentes idiomas (centrándose en las del alemán) y se muestra en contra de la versión estándar de los idiomas, argumentando que “ningún idioma tiene una versión canónica rígida e inamovible a la cual atenerse”. Al final del capítulo comenta que muchos consideran que la literatura alemana ha entrado en decadencia, pues los autores actuales ya no están tan familiarizados con la Segunda Guerra Mundial como los de antes.

En el capítulo Un territorio difícil de habitar, muestra la diversidad linguística de cada diferente zona geográfica, es decir, las variedades diatópicas, poniendo el ejemplo de la palabra fósforo. Llega a la conclusión de que la compresión y la expresión son "las dos alas del traductor ", y que es importante conocer el idioma extranjero así como también lo es conocer y saber manejar bien el propio.

El tercer apartado fue escrito por Sara Cohen, poetisa y psicoanalista. En poesía ha publicado El poema que insiste (1992), Puertas de París (2000), Escena con cartas (2003) entre más obras. También ha ejercido como traductora de poetas franceses tales como Henri Michaux, Gaston Miron, Nicole Bossard, Bernatd Noel y Claude Esteban.

En el capítulo La orilla muestra primero, utilizando como metáfora el poema "Marche à l´amour" del poeta Gaston Miron (Quebec 1928-1996) las dificultades frente a las que se halla un traductor cuando debe conducir el texto hacia "la otra orilla", es decir hacia la lengua meta: “este desvío por tierra, que debe hacer el navegante, bien podía hacernos pensar en aquellos pasos que por la orilla hay que dar, cargando una canoa pesada para poder escribir”. También toma como ejemplo un texto del autor francés Claude Esteban, titulado Quelqu´un commence a parler dans une chambre , comparando al protagonista del texto, un pianista que canta sobre la hermosa melodía que interpreta, temiendo que si no añade nada de sí mismo a ella, morirá sin haber "dejado huella". Lo mismo ocurre con el traductor, quien, muchas veces, no puede evitar aportar algo de sí mismo al texto que debe traducir, a pesar de que este pueda estar perfecto sin necesidad de aportar nada de su propia cosecha.
Posteriormente alude a las dificultades que posee un traductor, sobre todo a la hora de traducir algo tan complejo como la poesía: “el traductor (...) tiene si guía en la resolución estética realizada por el poeta al que traduce, pero a la hora de orientarse en su propia lengua es tan huérfano como él”. “El intérprete transita esa otra orilla del otro lado del río con su propia embarcación a cuestas, atento a las señales de una lengua que no es la suya”.

El último apartado es de Guillermo Piro (Avellaneda, provincia de Buenos Aires, agosto de 1960). Publicó libros como La golosica caníbal, Las Nubes, Estudio de manos, Correspondencia o Sain-Jean David. Ha traducido entre otros a J.R Wilcock, Roberto Benigni , Emilio Salgari, etc.

Este apartado posee un único capítulo titulado Renunciar a toda justificación de atestado, que trata el problema de la nota al pie , para algunos, como el historiador Ranke, estas notas son consideradas un "mal necesario", sin embargo, el autor critica que muchas veces la nota al pie es utilizada en exceso por los historiadores cuando dudan de sus conocimientos y necesitan recurrir a otras fuentes (mostrándole al lector en dichas notas cuáles son estas), y lo mismo ocurre en el caso de los traductores, quienes, al encontrarse frente a una dificultad para traducir una palabra o expresión, recurren inmediatamente a la nota al pie, sin esforzarse demasiado en hallar otras alternativas para solucionar esa dificultad . Considera la nota al pie como una "derrota" pues el traductor debe ser fiel al dogma de que “todo, todo, todo puede ser traducido”. En definitiva, que un traductor no debe mostrar su presencia, sino mostrarse ante sus lectores como el verdadero autor de la obra, adaptando y alterando si es necesario el contenido de la obra original, pero debe evitar en la medida de lo posible mostrar su presencia.