En torno a la traducción
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Madrid, Gredos, 1983.
Por: Lucía Atienza Salvachúa


Valentín García Yebra (León, 1917) es filólogo y prestigioso traductor de latín y griego, alemán, francés, italiano y portugués. Es además destacado teórico de la traducción. Durante muchos años fue profesor de Teoría de la traducción en el Instituto Universitario de Lenguas Modernas y Traductores de la Universidad Complutense de Madrid. Ha traducido a numerosos autores, principalmente clásicos de la Antigüedad (entre sus obras traducidas se encuentran entre otras muchas la Poética y la Metafísica de Aristóteles). En 1998 fue galardonado con el Premio Nacional al conjunto de su obra de traducción. En 2004 recibió el Premio Nacional de Periodismo “Miguel Delibes” por el artículo «Desajustes gramaticales» publicado en el periódico ABC el 27 de septiembre del mismo año.

En torno a la traducción. Teoría. Crítica. Historia es un trabajo dividido en tres partes que reúne diferentes escritos sobre la traducción que el autor recopiló durante más de veinte años a partir de artículos, conferencias y lecciones de clase.

El libro trata sobre los problemas a los que se enfrenta la traducción y de manera especial el salto al vacío que es, en numerosas ocasiones, el ejercicio de la traducción literaria. Se trata de un acercamiento hacia una teoría de la traducción necesaria y solidaria con la práctica traductora a través del pensamiento de los autores de las corrientes más destacadas de la materia. Una teoría nada fácil de entresacar que se sirve también de las situaciones concretas que nos dejan los trabajos de los traductores que a lo largo de la historia han ido desentrañando el especial tejido del que está formado el espacio interlingüístico (tejido que muta a su vez con el paso del tiempo). Es en resumen una obra que pone de manifiesto la importancia de la traducción en la vida del hombre como herramienta fundamental para el conocimiento de su propio mundo y del que le rodea.

Primera parte: Teoría



El interés por la traducción va a más. Y así lo expresa el propio Yebra en la primera página del volumen al que nos referimos. Aunque el año de publicación de su libro nos devuelve veinte años atrás, sus palabras bien podrían haber sido escritas en este mes de mayo. Son numerosas las publicaciones que ya entonces firmaban filósofos y científicos opinando sobre la tarea traductora y son cada vez más fuertes los argumentos que la sitúan (entonces y ahora) en el lugar que le corresponde en la sociedad de los países adelantados. La investigación y los estudios de traducción son de máximo interés y la lingüística ocupa un lugar de suma relevancia en dichos estudios al profundizar en la estructura de las lenguas. En palabras del autor: «El futuro traductor debe estar capacitado para dominar lingüísticamente un proceso eminentemente lingüístico, que implica la atentísima confrontación de dos lenguas y la valoración de la potencia o capacidad expresiva de dos textos o manifestaciones de ambas».
En este punto el libro nos da las pistas que nos han de guiar hasta el porqué y el cómo de una teoría de la traducción, una dificultosa empresa teniendo en cuenta la singularidad de cada encargo de traducción, esto es, la imposibilidad demostrada de hallar dos textos iguales desde el punto de vista de las dificultades en el trasvase (como apunta el propio Yebra).
La importancia de la teoría de la traducción la expresa el autor con las palabras que empleó Aristóteles en su Metafísica. La teoría o arte (entendido como téchné) explicaría la causa última, el porqué. Práctica y teoría son equivalentes para el filósofo, pero aunque la primera se basa en la experiencia y el conocimiento de los casos particulares, la segunda se dedica a investigar sobre los universales. La teoría o arte sería la instancia superior y decisiva que completaría al traductor. Yebra añade: «El traductor simplemente experto podrá resolver dificultades de cierto peso, pero no otras que excedan a su experiencia». Con todo, ambos autores están de acuerdo en anteponer la práctica a la teoría, basándose en que la práctica es la acción misma, que se nutre directamente en la experiencia y que es conocimiento de los casos singulares (y que en último término no es sino lo que encontrará en su camino el traductor). El proceso de la traducción necesita por tanto aunar estas dos fuerzas para llegar a buen término. La idea la resume el autor leonés con estas palabras: «Teoría para guiar la práctica y mucha práctica para dar vida a la teoría».
Una vez que la necesidad de una teoría de la traducción ha sido puesta de manifiesto, nos encontramos con la confrontación de dos visiones respecto de la misma: La participación de la traducción en el conjunto de las disciplinas lingüísticas y la traducción como operación artística (y por tanto forzosamente alejada del análisis científico). En el primer caso, las dos obras de las que se sirve García Yebra (y que marcaron el rumbo de la teoría de la traducción) son Vvedenie v teoriju perevoda (Introducción a la teoría de la traducción) de A. V. Fedorov y Stylistique comparée du français et de l’anglais. Méthode de traduction, de Jean-Paul Vinay y Jean Darbelnet. Ambas obras, publicadas con algunos años de diferencia hacia mediados del siglo XX, proponen la inscripción normal de la traducción en el marco de la lingüística y promueven una ciencia de la traducción que aísle la operación traductora desde un método científico. En segundo lugar, y en clara oposición a este pensamiento está la de los traductores literarios que niegan la competencia del conocimiento científico en la empresa de la traducción. Yebra recurre a las palabras de su máximo representante Edmon Cary: «La traducción literaria no es una operación lingüística; es una operación literaria» y añade el francés «Para traducir a los poetas hay que saber mostrarse poeta».
En el libro se pone fin al enfrentamiento entre ambas posturas defendiendo la inclusión de la traducción en los estudios lingüísticos como guía hacia la constitución de una teoría que sirva de ayuda en el difícil camino del ejercicio de la traducción («un arte o simplemente un oficio donde lo decisivo es la práctica») sin delimitar por ello su acción de manera exclusiva al territorio de la disciplina científica. Su reflexión termina con estas palabras de Georges Mounin: «Lo que nos hemos propuesto hasta ahora era […] fundamentar el derecho que tiene la traducción a figurar, como problema lingüístico notable, en un tratado de lingüística general. Esta tarea, en la medida en que se ha cumplido, ha justificado, contra ciertos traductores, cuyo portavoz es Cary, el derecho de la lingüística a considerar la traducción como problema de su competencia». «Pero ―añade― sería cometer el error inverso del que acabamos de combatir largamente querer encerrar la traducción, sus problemas y soluciones, en las fronteras de la lingüística: La lingüística descriptiva moderna, la lingüística estructural».

García Yebra se dedica a continuación al análisis de los diferentes tipos de traducción y al modo de proceder durante el ejercicio de la misma como una distinción vital para la teoría. «La traducción misma como su teoría, se distinguirá también, ante todo, por su objeto», escribe. Partimos entonces de dos grandes campos como son, de un lado, la traducción documental y científica y de otro, la traducción literaria.
Se han escrito muchas páginas sobre la manera en que ha de abordarse el ejercicio de la traducción según la materia sobre la que verse el texto y más allá sobre si el ejercicio del trasvase de textos literarios es o no posible. La lingüística por su parte se desvincula de la parte literaria al considerarla hija del habla y por tanto no perteneciente por su singularidad a objeto de estudio científico. En el libro se citan varios autores que aportan su particular visión en este cruce de caminos. El autor leonés comienza así: «El lenguaje literario se sitúa en una dirección que lo separa diametralmente de la lengua corriente, general; se instala en una línea que tiende a la individualidad» y continúa: «Un escritor sin estilo no es un buen escritor y el estilo es individual». Ortega por su parte ya había plasmado su pensamiento al respecto en su famoso ensayo Miseria y esplendor de la traducción. En él describe la traducción de textos literarios (filosofía, poesía) como un afán utópico, basándose en que el buen escritor erosiona con su pluma la gramática en un ejercicio de rebeldía contra la norma establecida de su propia lengua. En esta línea Yebra cita también a Schleiermacher (al que sigue Ortega), que distingue el mundo de los negocios del de la literatura y la ciencia y propone diferentes vías para hacer posible, desde la traducción, la conjunción escritor-lector. Ortega y Schleiermacher propugnan un método de traducir que arranque al lector de sus hábitos lingüísticos para obligarle a nadar en las aguas del texto original. Yebra por su parte defiende un tipo de traducción más natural (más próxima al lector pero sin resultar infiel al texto original).
Tienen también un peso importante en esta parte Ch. R. Taber y a E. A. Nida que en su obra La traduction: théorie et méthode se refieren a un modo tradicional de traducir (correspondencia formal) y a un modo nuevo (equivalencia dinámica) como vías posibles de traducción, una más fiel que refleja detalles, ritmos, paralelismos y juegos de palabras y otra que atiende a la reacción de los espectadores. Para estos últimos no puede sacrificarse la claridad del sentido en favor de la forma: «Desde el momento en que un número importante de receptores comprenden mal un pasaje, ya no se puede considerar este pasaje como correctamente traducido». Para Taber y Nida «la traducción consiste en reproducir en la lengua receptora el mensaje de la lengua original (langue source, «lengua fuente») por medio del equivalente más próximo y natural, ante todo en lo que concierne al sentido y luego en lo que atañe al estilo», afirmando también que en muchas ocasiones es necesario, para reproducir el mensaje del texto original, realizar modificaciones en su forma, a nivel de la estructura gramatical y también en cuanto al léxico. Humbold por su parte, a quien también cita Yebra, manifiesta que toda verdadera comunicación es imposible…
A los mencionados autores se unen otros que realizan sus propias divisiones en torno a los tipos existentes de traducción y por extensión a los traductores encargados de las mismas, pero como escribe el propio Yebra «Sería muy difícil, prácticamente imposible, establecer un cuadro tipológico de traductores netamente diferenciados, porque en la práctica apenas se hallan traductores estrictamente limitados a un solo tipo de traducción».

Grosso Modo y retomando a la división primera de los tipos de traducción, podríamos decir que el mayor contacto entre lingüística y traducción ha tenido lugar sobre todo con la traducción científica. Al contrario de lo que ocurre con los textos literarios, de indudable dificultad como hemos explicado, las traducciones científicas gozan de gran éxito (actualmente en mayor medida si cabe que cuando fue publicado el libro al que nos referimos) debido a la tendencia a la internacionalización del lenguaje especializado. Podríamos resumir lo dicho con que el lenguaje literario busca lo individual mientras que el lenguaje científico busca lo general. En palabras de Yebra: «El objetivo de la traducción científica es la reproducción idéntica en cuanto al contenido, de una estructura funcional (estructura puramente conceptual) por medio de otra estructura equivalente. Por eso el concepto central de la teoría de la traducción científica es la invariancia», esto es, que en el proceso de la traducción hubiera algo que no sufriera cambio alguno y en último término y mediante la función lógica universal, que permaneciera equivalente en el conjunto del sistema dando lugar (mediante la equivalencia total) a la posibilidad de una traducción perfecta. En clara contraposición a esta solución perfecta nos topamos de lleno con la dificultad en el trasvase de las obras literarias.
De vuelta al campo de lo científico y documental, nos encontramos con la traducción automática como una herramienta que libera al traductor de la parte mecánica de la traducción. A propósito del papel de la traducción automática H. L. Pilch escribe: «La traducción automática es, en principio, posible, aunque, hasta ahora, no se ha llevado a la práctica satisfactoriamente en ningún sitio (…) La máquina no suplanta al hombre sino que lo descarga de trabajos rutinarios y lo hace libre para una tarea auténticamente espiritual». Esta reflexión de Pilch es interesante puesto que reúne los diferentes enfoques sobre los que hemos hablado, ya que, si bien se refiere al uso de la máquina (como ayuda del traductor, no como su relevo) en lo que sería un tipo de traducción llamémosla general, o en una primera fase de acercamiento a ese trabajo que podría llevarse a cabo de modo automático, habla también de liberar al traductor para que se dedique a buscar ese sentido personal que la máquina no es capaz de hallar o plasmar. Los avances de la cibernética han hecho posible que en la actualidad los programas de traducción automática estén al alcance de todos a través de Internet u otras plataformas. Eso explicaría el aumento en el número de traducciones de tipo científico, documental o económico que se realizan diariamente incluso entre lenguas tan alejadas como el chino y el inglés (destacando su uso en el mundo de los negocios). Este aumento en la cantidad no lleva implícito un aumento en la calidad como apunta Yebra, sino más bien todo lo contrario, debido también al uso indiscriminado de diferentes programas de más o menos rigor de los que se valen los usuarios.
Por lo dicho se desprende que la dificultad de la traducción se hace, aún si cabe, más evidente en el caso de los textos literarios que constituyen un universo paralelo en ocasiones indescifrable para su propio autor. Dicha dificultad radica en el subjetivismo y la unicidad de la obra y en la imposibilidad de su comprensión total debido a las connotaciones y la plurisignificación del lenguaje literario. Yebra escribe: «La función poética se caracteriza por el hecho de que el lenguaje literario crea su propia realidad, independiente en mucho de la realidad empírica, de suerte que la frase literaria —y, en definitiva, la obra literaria—establece inmanentemente su eficacia comunicativa, sin necesidad de una relación inmediata, directa, con el munco externo. En el lenguaje corriente, toda manifestación depende de un contexto extraverbal, cuyos elementos son anteriores y, por tanto, independientes de ella. En el lenguaje literario, el contexto es el lenguaje mismo, que solo por vía indirecta se relaciona con el mundo». El traductor dedicado a textos literarios deberá primeramente tener un conocimiento superior de su propia lengua y además una sensibilidad e intuición tales que le permitan llevar a cabo el ejercicio de la traducción, un ejercicio que será en todo caso mejor o peor, nunca perfecto.

Segunda parte: Crítica



En esta segunda parte Yebra aborda mediante numerosos ejemplos la traducción de la obra literaria. Desde los versos de Virgilio hasta las traducciones de la Biblia, las elecciones en cuanto al sentido y la forma que en cada caso realiza en traductor se convierten en objeto de minucioso estudio.
De este modo comienza por enumerar las dotes que ha de tener todo buen traductor que se enfrente a este tipo de trabajo: conocimiento del idioma ajeno, conocimiento del idioma propio y conocimiento de la materia tratada (del contenido de la obra). Para García Yebra estas tres dotes se dan en el P. Espinosa Pólit, traductor al castellano de la obra de Virgilio y del que realiza gran elogio y pequeña censura respecto a algunas decisiones sobre la traducción de los versos que realiza del poeta latino.
Como apunta el P. Espinosa, en toda traducción se pierde algo, o bien la correspondencia verbal o bien la correspondencia rítmica, es decir, o la letra o el espíritu. Ante esta situación el autor opta por preservar ante todo el ritmo, decantándose por la versificación en todo caso (y no por transformar en prosa un texto escrito en verso) estudiando en una primera fase la métrica que mejor se adapte al mismo. Yebra discrepa de esta postura argumentando que, si bien el ritmo es fundamental y más tratándose de una obra poética, su valor no puede únicamente deberse a la música, sino que se deberá también a la palabra, a la imagen y a todo lo que esta significa. Habla también de la adopción, en cada caso específico, de la solución que mejor plasme el sentido del original, aunque ello signifique modificar la métrica o la forma. Para describir mejor esta idea se ayuda de un gran número de ejemplos tomados de la traducción que realiza el profesor de los versos de la Egloga I de Virgilio. A continuación reproducimos uno de estos ejemplos:


Vv. 67-69: en unquam patrios longo post tempore finis
pauperis et tuguri congestum caespite culmen,
post aliquot, mea regna, videns mirabor aristas?

¡Ay! ¿Qué esperanza queda de que un día
vuelva al fin a la patria?... ¿qué divise
de mi tugurio el empajado techo,
un reino para mí, y encuentre atónito
unas pocas espigas?...

Para Yebra se trata de un pasaje en el que la traducción es desafortunada, quizá y según expresa, debido a la presión por mantener forzosamente la estructura métrica. Se da en la traducción de estos versos una extraña interpretación de los tiempos verbales como aclara Yebra: «La traducción esparce la carga de significado del conjunto verbal videns mirador entre cuatro verbos («queda», «vuelva», «divise» y «encuentre»)», hallando también algunas soluciones que empobrecen el texto, como «empajado techo» (de la traducción de congestum caespite culmen) y por último y más inadecuado, una interpretación errónea de post aliquot aristas, que debería traducirse por «después de algunos años» (ya que se trata de una conocida figura recogida en los manuales de Retórica).
Con todo, para Yebra el trabajo del P. Espinosa es digno de alabanza, pues considera que son escasas sus imperfecciones en comparación con sus aciertos. Los siguientes versos están para Yebra maravillosamente logrados, casi igualando en belleza a los del original:


Vv. 53-55: hinc tibi quae semper vicino ab limite saepes
Hyblaeis apibus florem depasta salicti
saepe levi somnum suadebit inire susurro;

El seto vivo del vecino linde,
adonde acuden a la flor del sauce
las abejas hibleas, como siempre
te adormirá con plácido zumbido.

En esta línea de análisis continúa Yebra su crítica de la traducción a través de las diferentes versiones realizadas sobre un verso ambigüo de Virgilio, de la traducción de un poema de Paul Valéry por Jorge Guillén (que ofrece cuatro visiones), otras traducciones bíblicas y literarias, también trabajos a partir de la obra de Aristóteles y por último sobre las traducciones al español del poema Voyelles de Rimbaud.

Tercera parte: Historia



Con el único objetivo de no alargar en demasía la presente reseña, realizaremos sobre esta tercera parte un reconocimiento a vista de pájaro sobre la historia de la traducción en España, a la que dedica Yebra el final del libro y que comienza según expresa el autor en los primeros decenios del siglo XII...

Las traducciones que se realizan en este periodo parten de textos científicos del árabe y son llevadas a cabo en varias ciudades de la península, si bien el punto de confluencia de musulmanes, cristianos y judíos se sitúa en la ciudad de Toledo. «El gran centro de transmisión de la cultura árabe a la Europa Occidental cristiana» como señala Yebra. Es allí donde se forma una escuela de traductores arábigo-latinos que más trade se conocerá como «Escuela de Traductores de Toledo», y que constituye uno de los focos del saber más importantes de la época. Allí se realizan traducciones al árabe de autores griegos y traducciones de obras originales árabes. La inmensa labor llevada a cabo en la escuela la expresa con estas palabras nuestro escritor: «Este oscuro panorama...» —en referencia al periodo intelectual de la Edad Media— y sigue «...se ilumina súbitamente por la espléndida labor de los traductores toledanos» prosiguiendo con otra reflexión de Menéndez Pidal: «Cuando en los libros árabes de Toledo los cristianos pudieron enterarse de las obras de Tolomeo, de Aristóteles, de Euclides y demás, vieron ensancharse desmesuradamente su campo de conocimiento».
Por mandato de Alfonso X el Sabio, más a favor de las letras que de las armas, se realizan (en un segundo periodo de la escuela toledana) traducciones arábigo-españolas que acercan a sus súbditos los tesoros de la ciencia y de la literatura árabes. Se tienden sólidos lazos que propician un acercamiento cultural al realizarse durante el periodo al que nos referimos traducciones no solo al castellano, sino al latín y otras lenguas «vulgares». España se convierte así en un puente entre Oriente y Occidente a través de la difusión de las obras que pasan por las manos de sus traductores.
Llegamos de un salto al espléndido trabajo de los traductores que nos legaron su trabajo en los siglos posteriores. Tal es el caso del Canciller Pero López de Ayala (1332-1407) que tradujo o mando traducir obras de Tito Livio, Boecio y Boccaccio, o de su sobrino, Fernán Pérez de Guzmán (1376-1460), traductor de Séneca y Cicerón.
Especial mención tiene también en esta brevísima historia de la traducción en España la llegada de la imprenta en el año 1470, que acelera a finales del mismo siglo y principios del siguiente el movimiento de la cultura y el ritmo de las traduciones. Se realizan en estos siglos XV y XVI versiones de las obras latinas y griegas que son divulgadas por doquier.
Es en el siglo XVI, durante el reinado de Carlos V, cuando la literatura española y el arte de traducir alcanzan las cotas más altas. Un ejemplo de traducción de la época es la versión que realiza Juan Boscán de El Cortesano de Castiglione en el año 1534. Un trabajo elogiado y considerado por muchos (entre ellos el escritor Garcilaso de la Vega) una verdadera obra maestra de la traducción, desconociéndose hasta la fecha la existencia de versión posterior en español. Otro de los nombres con más luz en esta época es el de Fray Luis de León (1530-1591), autor de obras originales latinas y castellanas en prosa y verso además de traducciones de libros sagrados y profanos.

A golpe de timón nos situamos en la segunda mitad del siglo XVII. Yebra explica que durante esta parte de la historia de la traducción y en las dos centurias siguientes, el paso de esta sigue, en general, el de la literatura, alcanzando el siglo XX. Es aquí donde encontramos que el número de traducciones ha crecido de manera exponencial. Esto es debido, como veíamos en la parte dedicada a la teoría, al aumento del interés por la tarea traductora y a su reconocimiento como una labor de suma importancia para la vida del hombre, al consiguiente aumento de las escuelas de traductores y al avance de la ciencia que ha promovido el empleo masivo de programas informáticos que colaboran en la tarea traductora mediante el procesamiento automático de textos. Como adelantábamos también en la primera parte y siguiendo a Yebra, el aumento en la cantidad no implica un aumento en la calidad. La contradicción que se da en el momento presente respecto de la tarea traductora se muestra visible líneas atrás, porque, si bien parece que seamos cada vez más conscientes del peso de la traducción, no parece que le demos la importancia debida a la calidad de su puesta en práctica, lo que supone decir que le damos valor a la traducción como cosa general, universal (a la teoría) pero no a su ejercicio individual (praxis) como muestra la escasa calidad de las traducciones con las que tropezamos a diario. Al difícil trabajo de la traducción se une ahora el de encontrar un punto en el abismo que una y no separe jamás la teoría de la práctica.

Se acompaña el final de esta reseña (una aproximación carente de la mayor parte de las notas que componen la partitura de Yebra) de unos versos de Goethe:


Grau, teurer Freund, ist alle Theorie,
Und grün des Lebens goldner Baum.
(Gris, caro amigo, es toda teoría;
Verde, el árbol dorado de la vida).