Translation at the European Comission - A History

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Autor/a/es: Comisión Europea
Editorial: Office for Official Publications of the European Communities
Año: 2010
Luxemburgo
Idioma/s: Inglés
Nº de páginas: 79
ISBN: 978-92-79-08849-0

Por Juan Zuriaga Muñoz

Introducción

A través de una descripción cronológica de los eventos desde el inicio de la cooperación europea al finalizar la II Guerra Mundial hasta la actualidad, esta obra narra la historia del servicio de traducción de la Unión Europea, la cual tuvo sus inicios como Comunidad Europea del Carbón y del Acero.

Para presentar el contenido, cada uno de los capítulos se acompaña de ilustraciones gráficas y ejes cronológicos donde se localizan los acontecimientos más significativos de cada época.

Lejos de ser otro de los muchos departamentos de la Unión, el de traducción desempeña un importante trabajo, al mostrar cómo el multilingüismo, una de las bases de Europa, se tradujo en una exhaustiva tarea de traducción incluso antes de que se estableciese como política.

La historia de la traducción es la historia de cómo se forjo Europa, cómo se firmaron acuerdos y tratados y cómo se convirtió un grupo de países reducido a una auténtica nación europea.


Resumen

De 1950 a 1970

Tras la devastadora II Guerra Mundial, Robert Schuman, Ministro de Asuntos Exteriores francés, tuvo la idea de liberalizar el comercio del carbón y del acero como primer paso de cooperación económica intraeuropea.

Para crear una comunidad europea que favoreciese el diálogo y la cooperación europea, tenía que tratarse el problema del idioma.

Los países firmantes del Tratado de París (Francia, Alemania Occidental, Países Bajos, Luxemburgo, Bélgica, Italia), que dio lugar a la CECA (Comunidad Europea del Carbón y el Acero) se comprometieron a aceptar como lenguas oficiales el francés, el alemán, el holandés y el italiano; coincidiendo con los idiomas oficiales de los países firmantes.

Un comité fue el encargado de determinar las reglas del idioma que debían usarse en la comunidad. El comité decidió que, para que los que trabajaran en la Comunidad se sintieran a gusto, sus idiomas nativos debían usarse lo máximo posible.

Los documentos relacionados con la comunidad debían redactarse en los cuatro idiomas. Esto causó que cada institución necesitara un equipo de traductores propio, ya fueran escritos (traductores propiamente dichos) como orales (intérpretes). Desde el principio hubo una sección de inglés junto a los demás idiomas, ya que era el idioma más usado en la comunidad científica y en la industria pesada.

El servicio de idiomas formaba parte de los servicios “generales”, dando apoyo logístico a los “técnicos”. Les asistía un equipo de taquígrafos y mecanógrafos. La contratación de los traductores era tarea del encargado.

En 1955 se comprobó que había dos factores que ralentizaban el proceso: la imposibilidad de traducir directamente del holandés al italiano (y viceversa) y la escasez de mecanógrafos.

Para solucionar estos problemas, se decidió contratar a personal fijo en detrimento de consultores externos, juntar el servicio de documentación y estandarizar el vocabulario de términos para evitar confusiones.

En 1957 los tratados de Roma establecieron la Comunidad Económica Europea (CEE) y la Comunidad Europea de la Energía Atómica (EURATOM), con el fin de instaurar un mercado común y coordinar el uso de energía nuclear pacífico, respectivamente.

Así, entraron en vigor las primeras reglas acerca de las disposiciones sobre idiomas, incluyendo la lista de los idiomas oficiales y la obligación de enviar documentos a una persona en el idioma oficial de su país.

A mediados de los 60 se tomó la decisión de centralizar el trabajo de los organismos ejecutivos para aumentar la eficiencia. Plasmada esta decisión en el Tratado de Bruselas, diversos servicios de traducción se convirtieron en un solo organismo perteneciente a la CEE.

En 1968, se planteó mejorar la profesión de traductor y, por ende, el servicio lingüístico mismo. La idea era convertir el servicio de traducción en un organismo autónomo, reforzar la autoridad del departamento y organizarlo por idiomas.

De 1971 a 1990

Cuando a principios de los 70 Irlanda exigió que se reconociera el irlandés como idioma oficial, se acordó que su uso se limitara a los documentos relacionados con el acceso del país a la Comunidad, no a los tratados relacionados con esta ni a su uso como idioma de trabajo habitual.

También en ese periodo se empezaron a redactar las versiones en noruego y danés del Tratado de Bruselas, dado que se esperaba que dichos países se unieran a la CEE.

En 1973 se unieron a la Comunidad Reino Unido, Irlanda y Dinamarca. Noruega rechazó unirse ya que por un referéndum el electorado decidió no integrarse en la Comunidad. Esto tuvo como consecuencia que se hicieran cambios en el servicio de traducción.

En 1981, Grecia se unió a la CEE, y el griego pasó a convertirse en otro de los idiomas oficiales.

Hasta mediados de los 80, el servicio de traducción seguía dividido en dos departamentos, uno en Bruselas y otro en Luxemburgo. Ya en 1985, se convirtió en un solo departamento dirigido por un director.

La historia de la traducción en la Comisión Europea dio un giro inesperado con la presidencia de Jacques Delors. Un incidente en 1986 puso a los traductores en el punto de mira de la prensa internacional. La Comisión tenía planeado trasladar al equipo de traducción a un edificio más moderno, pero alejado del centro y del resto de los departamentos. Los traductores no aceptaron este cambio y declararon la huelga. Esto paralizó el trabajo de la Comisión, y Jacques Delors decidió tomar medidas para remediar la situación y evitar incidentes similares. Así, en 1989, separó al servicio de lingüística de la Dirección General de Personal y Administración, elevándolo a la categoría de servicio independiente dirigido por un Director General. Su nuevo título oficial se convirtió así en “Servicio de Traducción” (SdT). Edouard Brackeniers fue nombrado Director General, y se le encomendó mejorar la situación de los traductores para así disminuir el riesgo de huelga y asegurar la productividad del servicio. El Director General también obtuvo la garantía de que todo el personal de traducción en Bruselas trabajaría en un solo edificio en el centro de la ciudad.

Para favorecer la transparencia se realizaron una serie de reformas, entre ellas la reorganizaron de los grupos de lenguaje por temas. Esta racionalización del trabajo consiguió especializar a los traductores, aumentar la productividad y mejorar la relación con otros departamentos. Además consiguió solucionar una de las lacras del antiguo sistema, la falta de sincronización y coordinación entre los departamentos de idiomas.

No obstante, no se olvidó la antigua organización de golpe ya que se mantuvieron centros de documentación para cada idioma con la ayuda de recursos humanos, el coordinador lingüístico tomó poderes administrativos para reclutar nuevos traductores.


De 1991 a 2009

Durante la década de los 90 se dieron grandes pasos para la integración europea. El 7 de febrero de 1992, se firmó el tratado de Maastricht, por el que los países miembros de la CEE acordaron reformar la organización de la comunidad. Así, esta se transformó en la Unión Europea, se aumentó el poder del Parlamento Europeo y se creó la Unión Económica y Monetaria, que culminaría con la introducción del euro como moneda oficial.

Estos cambios comportaron un considerable trabajo para el SdT. Para hacer frente a la demanda, se diversificaron los servicios (sumarios, traducción oral…) y se deslocalizó alguno de ellos. Esta última medida preocupó a los traductores, que temieron un decline en la calidad y una “privatización” del sector.

Los cambios en la organización y el auge de las tecnologías de la información dieron lugar a que los traductores se volvieran cada vez más autónomos. Hoy en día el traductor de las instituciones europeas tiene una función clave, al recopilar documentos de referencia y comprobando que los formatos de las traducciones corresponden al original.

Al inicio de la década, se preparaban las versiones del acervo comunitario para Austria, Finlandia, Suecia y Noruega, de cara a su entrada en la Unión. Para evitar los errores del pasado, se decidió crear un equipo para coordinar el trabajo de traducción y revisión en los países candidatos. Esto permitió que cuando los países sometieron a referéndum su entrada en la Unión, ya tuvieran el acta preparada. Todos los países anteriores, con la excepción de Noruega, se integraron en la Unión en 1995.

Fue entonces cuando el francés perdió su condición de idioma más usado dentro de la comunidad. El aumento de 9 a 11 idiomas y la llegada del finlandés, el primer idioma no indo-europeo, marcaron el fin de una era.

Los traductores de las nuevas lenguas estaban familiarizados con las nuevas tecnologías y se adaptaron rápidamente al nuevo modelo informático que estaba surgiendo.

En este mismo año, se reemplazaron las terminales por los ordenadores, lo que hizo posible la incorporación del procesamiento de textos y ayudas a la traducción, incluyendo el acceso a bancos de datos y, más tarde, a Internet.

La expansión de las tecnologías de la información tuvo un gran impacto en la traducción. Los correos y documentos electrónicos se convirtieron en la forma más común de almacenar información, y el número de páginas traducidas llegó al millón anual. La Comisión Europea alcanzó un nivel de cualidad sin rival entre las demás instituciones europeas.

En 1997, 15 países miembros de la Unión firmaron el Tratado de Ámsterdam. Su propósito era hacer frente a los desafíos modernos como la globalización, la lucha contra el terrorismo, los problemas medioambientales y la salud pública.

Al mismo tiempo, en el SdT se nombró como nuevo Director General a Brian McCluskey, y por primera vez un traductor dirigía el servicio de traducción.

Paralelamente, la Comisión creó un ejercicio de evaluación interna para dar una oportunidad a los trabajadores de explicar su profesión y corregir malentendidos. Según el SdT, no se necesitaba experiencia legal para ser buen traductor. Dado que la Unión producía textos de diversa índole (agricultura, medicina, economía…), la idea de contratar solo traductores-abogados era absurda para ellos.

Durante la primera década del siglo XXI, el SdT intentó solucionar problemas de cambios a última hora, documentos excesivamente largos y originales de baja calidad mediante la creación de un límite de 20 páginas para documentos que debían ser aprobados en el Parlamento y un máximo de 48 horas para entregar la traducción del acta correspondiente. Estas restricciones, no obstante, fueron difíciles de llevar a cabo, y en 2009 la longitud media de un informe de la Comisión era de 37 páginas.

En 2001, el Tratado de Niza asentó los principios para desarrollar un sistema adecuado para la futura expansión europea a los países del Este. La ampliación de la Unión Europea a 27 miembros en 2007 significó una redistribución de los votos por país y una revisión de las instituciones, especialmente de las 3 más importantes de la UE (el Parlamento, el Consejo y la Comisión).

La integración europea continuó con la introducción del euro como moneda oficial en 2002.

Ese mismo año se nombró un nuevo Director-General, Michel Vanden Abeele. Se le encomendó la tarea de aumentar la productividad del SdT y adaptar el servicio a la nueva expansión. El Servicio de Traducción (SdT) pasó a denominarse Dirección General de Traducción (DGT). El Director General decidió regresar a una organización lingüística, ya que una organización temática sería demasiado complicada con 9 idiomas nuevos. Se llegó al compromiso de crear unidades temáticas dentro de un grupo de cada idioma intentando así flexibilizar la organización, permitiendo de este modo la transferencia de documentos entre unidades temáticas.

La DGT se preparó para la ampliación a la Europa del Este mediante el adiestramiento de los traductores en los nuevos idiomas, dando consejo a los departamentos de traducción en los nuevos países y constituyó un cuerpo especial para coordinar las preparaciones administrativas, presupuestarias y legislativas.

Si bien el servicio pudo manejar la ampliación de 1995, la de 2004 fue mucho más difícil. La variedad lingüística de los países (antigua Yugoslavia, antiguo Pacto de Varsovia, junto con Chipre y Malta), hizo las preparaciones mucho más complejas. Para empeorar la situación, la Unión Europea decidió hacer esta ampliación lo antes posible y que los nuevos idiomas tuvieran la misma categoría que los ya existentes.

La época de 2003-2005 fue de inestabilidad para la DGT, con 3 directores generales en 2 años. Se acordó que los países candidatos se encargaran de traducir la ley comunitaria a sus respectivos idiomas. De este modo la traducción del acervo comunitario se convirtió en asunto local.

Con el doble de idiomas oficiales se temía que el presupuesto de la DGT creciera un 80%. Para evitarlo, se propuso aumentar la proporción de contratación de trabajadores externos del 20% al 40%. Otra propuesta fue la traducción automática, es decir, la traducción por ordenador. Ya se había usado anteriormente en cartas breves y textos cortos de poca importancia, pero dado que la calidad era baja y, sobre todo, que no estaba disponible en los nuevos idiomas, se descartó para traducir legislación.

En 2007 dos nuevos países se unieron a la Unión Europea: Bulgaria y Rumania. Gracias a los cambios experimentados entre 2003 y 2005 no se produjo la situación descrita en 2004. En 2006 se reorganizó el servicio para sincronizar el trabajo de los diferentes idiomas, que fueron divididos en tres unidades (con la excepción del alemán y el francés). la DG de Traducción se trasladó a un nuevo edifico, más moderno y capaz de albergar a todo el personal.

La Dirección General de Traducción ha experimentado muchos cambios en su historia, pero los estructurales solo han afectado a su funcionamiento a corto plazo. Los traductores trabajan con 3 tipos de textos: entrantes, salientes e internos.

Además, la DGT produce actualmente 2 tipos de documentos: el de corte tradicional, utilizando terminología específica de la Comisión; y los dirigidos directamente a los ciudadanos, que aparecen más adaptados a sus diferentes culturas.



Conclusión

Si las gentes de Europa consideran que su cultura es comprendida, aceptada y respetada, se considerarán ciudadanos europeos. El idioma es parte de lo que nos convierte en individuos. En Europa, el multilingüismo tiene un rol esencial en la democracia y los derechos de los ciudadanos; y debe mantenerse en una Europa destinada a integrar nuevos pueblos y culturas.

El multilingüismo también es un reto para Europa y sus instituciones; se necesitarán muchos esfuerzos para hacer frente a una diversidad lingüística cada vez mayor y mostrar a Europa como un ejemplo de cooperación e integración.

El servicio de traducción seguirá teniendo un papel fundamental en nuestro continente. La traducción seguirá siendo, por tanto, un puente entre las naciones, la clave para entendernos con otros pueblos y trabajar con ellos. Citando a Umberto Eco, “el idioma de Europa es la traducción”.